jueves, 21 de enero de 2016

EL COMITÉ INVISIBLE: «NOS QUIEREN OBLIGAR A GOBERNAR, NO VAMOS A CAER EN ESA PROVOCACIÓN»



No hay un esperanto de la revuelta. 
No son los rebeldes los que deben aprender a hablar el anarquista, 
sino que son los anarquistas los que deben volverse políglotas.


Nos quieren obligar a gobernar,

no vamos a caer en esa provocación



Lo que se subleva no tiene a nadie que colocar en el trono como reemplazo, aparte, tal vez, de un signo de interrogación. No son ni los excluidos, ni la clase obrera, ni la pequeña burguesía, ni las multitudes quienes se sublevan. Nada que tenga bastante homogeneidad como para admitir a un representante. No hay ningún nuevo sujeto revolucionario cuya emergencia habría escapado, hasta entonces, a los observadores. Si se dice entonces que “el pueblo” está en la calle, no es un pueblo que habría previamente existido, al contrario, es el que previamente faltaba. No es “el pueblo” quien produce el levantamiento, es el levantamiento quien produce su pueblo, al suscitar la experiencia y la inteligencia comunes, el tejido humano y el lenguaje de la vida real que habían desaparecido. Las revoluciones del pasado prometían una vida nueva, las insurrecciones contemporáneas liberan sus llaves. [...] En esto reside el acontecimiento: no en el fenómeno mediático que se ha forjado para vampirizar la revuelta por medio de su celebración externa, sino en los encuentros que se han producido efectivamente en ella. Esto es lo que resulta bastante menos espectacular que “el movimiento” o “la revolución”, pero más decisivo. Nadie sabría decir lo que puede un encuentro. Es así como las insurrecciones se prolongan, molecularmente, imperceptiblemente, en la vida de los barrios, de los colectivos, de las okupas, de los “centros sociales”, de los seres singulares, en Brasil al igual que en España, en Chile al igual que en Grecia. No porque pongan en marcha un programa político, sino porque ponen en movimiento unos devenires-revolucionarios. Porque lo que fue vivido en ellas brilla con un resplandor tal que quienes hicieron su experiencia tienen que serle fieles, sin separarse, construyendo eso mismo que, a partir de ahí, le hace falta a su vida de antes. [...] Lo que se construye aquí no es ni la “nueva sociedad” en su estadio embrionario ni la organización que derrocará finalmente el poder para constituir uno nuevo, es la potencia colectiva que, mediante su consistencia y su inteligencia, condena el poder a la impotencia, desbaratando una por una todas sus maniobras.

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 Pero en las insurrecciones contemporáneas se da algo que los desconcierta de una manera particular: ellas no parten ya de ideologías políticas, sino de verdades éticas. [...] Para el moderno está el Mundo de un lado, él del otro, y el lenguaje para cruzar de uno a otro lado del precipicio. Una verdad, se nos ha enseñado, es un puente sólido que se encuentra encima del abismo, un enunciado que describe adecuadamente el Mundo. Nosotros hemos olvidado oportunamente el lento aprendizaje en el que adquirimos, con el lenguaje, toda una relación con el mundo. El lenguaje, lejos de servir para describir el mundo, nos ayuda más bien a construir uno. Las verdades éticas no son así verdades sobre el Mundo, sino las verdades a partir de las cuales nos mantenemos en él. Son verdades, afirmaciones, enunciadas o silenciosas, que se experimentan pero no se demuestran. La mirada taciturna clavada en los ojos del pequeño dirigente, con sus puños apretados, y que lo examina por un largo minuto, es una de ellas, y lo mismo sucede con el estruendoso “uno siempre tiene derecho a rebelarse”. Son verdades que nos vinculan, con nosotros mismos, con lo que nos rodea y los unos a los otros. Nos introducen a una vida común en principio, a una existencia inseparada, que no tiene consideraciones por las paredes ilusorias de nuestro Yo. Si los terrestres están listos para arriesgar su vida para que una plaza no sea transformada en estacionamiento como la de Gamonal en España, que un parque no se convierta en un centro comercial como el de Gezi en Turquía, que unos bosques no se conviertan en un aeropuerto como los de Notre-Dame-des-Landes en Francia, es sin duda porque aquello que nosotros amamos, aquello a lo que estamos unidos —seres, lugares o ideas— forma de igual modo parte de nosotros, porque no nos reducimos a un Yo que alberga el tiempo de una vida en un cuerpo físico limitado por su piel, todo él adornado por el conjunto de las propiedades que cree detentar. Cuando el mundo es golpeado, somos nosotros mismos quienes somos atacados.

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El contenido verdadero de Occupy Wall Street no era la reivindicación, pegada a posteriori al movimiento como un post-it a un hipopótamo, de mejores salarios, de viviendas decentes o de una seguridad social más generosa, sino el hastío por la vida que se nos hace vivir. El hastío por una vida en la que todos estamos solos, solos frente a la necesidad, para cada uno, de ganar su vida, de encontrarse un techo, de alimentarse, de desarrollarse o de cuidarse. Hastío por la miserable forma de vida del individuo metropolitano: desconfianza escrupulosa / escepticismo refinado, smart / amores superficiales, efímeros / sexualización que queda perturbada, en consecuencia, por todo encuentro / y después, regreso periódico a una separación confortable y desesperada / distracción permanente, por lo tanto ignorancia de sí mismo, por lo tanto miedo de sí mismo, por lo tanto miedo del otro. La vida común que se trazaba en Zuccotti Park, en tiendas de campaña, en el frío, bajo la lluvia, rodeados por la policía en el parque más siniestro de Manhattan, ciertamente no era la vita nova completamente desplegada, sólo el punto a partir del cual la tristeza de la existencia metropolitana comienza a devenir flagrante. Captábamos al fin juntos nuestra común condición, nuestra igual reducción al rango de empresario de sí mismo. Esta conmoción existencial conformó el corazón pulsante de Occupy Wall Street, cuando Occupy Wall Street era fresco y vivaz. Lo que está en juego en las insurrecciones contemporáneas es la cuestión de saber qué es una forma deseable de la vida, y no la naturaleza de las instituciones que la sobrevuelan con una mirada omnisciente. Pero reconocerlo implicaría inmediatamente reconocer la nulidad ética de Occidente.

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La insurrección no respeta ninguno de los formalismos, ninguno de los procedimientos democráticos. Impone, como cualquier manifestación de magnitud, su propio uso del espacio público. Es, como cualquier huelga determinada, política del hecho consumado. Es el reino de la iniciativa, de la complicidad práctica, del gesto; la decisión se da en la calle que la arrastra, recordando a quien lo hubiera olvidado que “popular” viene del latín populor, “asolar, devastar”. Es la plenitud de la expresión —en los cantos, en los muros, en las tomas de palabra, en los combates—, y la nada de la deliberación. El milagro de la insurrección reside tal vez en esto: al mismo tiempo que disuelve la democracia como problema, figura inmediatamente un más allá de ella.

Por supuesto, no faltan ideólogos, como Antonio Negri y Michael Hardt, para concluir de los levantamientos de los últimos años que “la constitución de una sociedad democrática está a la orden del día” y proponerse “hacernos capaces de democracia” enseñándonos “los saberes-hacer, los talentos y los conocimientos necesarios para gobernarnos a nosotros mismos”. Para ellos, como lo resume sin demasiada agudeza un negrista español: “De Tahrir a la Puerta del Sol, de la plaza Sintagma a la plaza Cataluña, un grito se repite de plaza en plaza: ‘Democracia’. Tal es el nombre del espectro que recorre hoy el mundo.” Y en efecto, todo iría bien si la retórica democrática no fuera más que una voz que emana de los cielos y que se inserta desde el exterior sobre cada levantamiento, ya sea por los gobiernos o bien por quienes intentan sucederlos. La escucharíamos con indulgencia, como a la homilía del sacerdote, atacados de la risa. Pero está claro que esa retórica tiene un alcance efectivo sobre las mentes, sobre los corazones, sobre las luchas, como lo testimonia ese movimiento llamado “de los indignados” del que tanto se habló.

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El “movimiento de las plazas” fue, por un lado, la proyección, o más bien el crash sobre lo real, del fantasma cibernético de ciudadanía universal, y, por el otro, un momento excepcional de encuentros, de acciones, de fiestas y de tomas de posesión de la vida común. Esto es lo que no podía ver la eterna microburocracia que busca hacer pasar sus caprichos ideológicos por “posiciones de la asamblea” y que pretende controlar todo en nombre del hecho de que cada acción, cada gesto, cada declaración tendría que ser “validada por la asamblea” para tener derecho a existir. Para todos los demás, ese movimiento liquidó de manera definitiva el mito de la asamblea general, es decir, el mito de su centralidad. La primera noche, el 16 de mayo de 2011, había en la Plaça Catalunya de Barcelona 100 personas, al día siguiente 1000, 10 000 en dos días y los dos primeros fines de semana había 30 000 personas. Todos pudieron entonces constatar que, cuando se es tan numeroso, no existe ya ninguna diferencia entre democracia directa y democracia representativa. La asamblea es el lugar donde se está obligado a escuchar sandeces sin poder replicar, exactamente como ante la televisión; además de ser el lugar de una teatralidad extenuante y tanto más mentirosa cuanto que imita la sinceridad, la aflicción o el entusiasmo. La extrema burocratización de las comisiones tuvo su causa en los más constantes, e hicieron falta dos semanas a la comisión “de contenido” para parir un documento insoportable y desastroso de dos páginas que, ésta pensaba, resumía “aquello en lo que nosotros creemos”. En este punto, ante lo ridículo de la situación, unos anarquistas sometieron a votación el hecho de que la asamblea se volviera un simple espacio de discusión y un lugar de información, y no un órgano de toma de decisión. La cosa era cómica: poner a votación el hecho de no seguir votando. Cosa todavía más cómica: el escrutinio fue saboteado por una treintena de trotskistas. Y como ese género de micropolíticos destilaba aburrimiento tanto como sed de poder, todos terminaron por desviarse de esas fastidiosas asambleas. Sin sorpresas, muchos de los participantes de Occupy hicieron la misma experiencia, y sacaron de ello la misma conclusión. Tanto en Oakland como en Chapel Hill, se llegó a considerar que la asamblea no tenía ningún título para validar lo que tal o cual grupo podía o quería hacer, que era un lugar de intercambio y no de decisión. Cuando una idea emitida en asamblea salía adelante, era simplemente porque suficiente gente la encontraba buena como para darse los medios para ponerla en marcha, y no en virtud de algún principio de mayoría. Las decisiones salían adelante, o no; jamás eran tomadas.

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Que con el “movimiento de las plazas”, el fetichismo de la asamblea general se haya ido a la ruina no desdice en nada la práctica de la asamblea. Sólo hace falta saber que de una asamblea no puede salir algo distinto a lo que ya se encuentra en ella. Si reunimos a miles de desconocidos que no comparten nada fuera del hecho de estar ahí, sobre la misma plaza, no hace falta esperar que lo que salga de ahí sea algo más de lo que su separación autoriza. No hace falta imaginar, por ejemplo, que una asamblea consiga producir por sí misma la confianza recíproca que conduce a tomar juntos el riesgo de actuar ilegalmente.

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La única cosa que cualquier asamblea puede producir, si lo intenta, es un lenguaje común. Pero donde la única experiencia común es la separación, no se escuchará otra cosa que el lenguaje informe de la vida separada. La indignación es entonces efectivamente el máximum de la intensidad política que el individuo atomizado es capaz de alcanzar, el cual confunde el mundo con su pantalla así como confunde sus sentimientos con sus pensamientos. La asamblea plenaria de todos esos átomos, a pesar de su conmovedora comunión, no hará otra cosa que exponer la parálisis inducida por una falsa comprensión de lo político, y en primer lugar la inaptitud para alterar en nada el curso del mundo. Esto produce la impresión de una infinidad de rostros pegados contra una pared de vidrio y que observan boquiabiertos cómo el universo mecánico continúa funcionando sin ellos. El sentimiento de impotencia colectiva, tras la alegría de haberse encontrado y contado, dispersó a los propietarios de las tiendas de campaña Quechua con tanta seguridad como las macanas y los gases. No obstante, en esas ocupaciones había ciertamente algo que iba más allá de ese sentimiento, y era precisamente todo aquello que no cabía en el momento teatral de la asamblea, todo aquello que concierne a la milagrosa aptitud de los vivos para habitar, para habitar lo inhabitable mismo: el corazón de las metrópolis. En las squares ocupadas, todo lo que la política ha relegado desde la Grecia clásica a la esfera en el fondo despreciada de la “economía”, de la gestión doméstica, de la “supervivencia”, de la “reproducción”, del “día a día” y del “trabajo”, se afirmó por el contrario como dimensión de una potencia política colectiva, se escapó de la subordinación de lo privado. La capacidad de autoorganización cotidiana que en ellos se desplegaba y que conseguía, en algunos lugares, alimentar a 3000 personas en cada comida, construir una aldea en algunos días o atender a los amotinados heridos, firma tal vez la verdadera victoria política del “movimiento de las plazas”.

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Uno de esos vicios reside en que muy a menudo seguimos pensando la revolución como una dialéctica entre lo constituyente y lo constituido. Creemos todavía en la fábula que desea que todo poder constituido se arraigue en un poder constituyente, que el Estado emane de la nación, como el monarca absoluto de Dios, que exista permanentemente bajo la constitución en vigor una constitución distinta, un orden a la vez subyacente y trascendente, la mayoría instantes como el rayo. Queremos creer que basta con que “el pueblo” se reúna, si es posible ante el parlamento, con que grite “¡Ustedes no nos representan!”, para que por su simple epifanía el poder constituyente expulse mágicamente los poderes constituidos. Esta ficción del poder constituyente sólo sirve, de hecho, para ocultar o enmascarar el origen propiamente político, fortuito, el golpe de fuerza mediante el cual todo poder se instituye. Los que tomaron el poder retroproyectan sobre la totalidad social que ahora controlan la fuente de su autoridad, y la harán así callar legítimamente en su propio nombre. Es así como se realiza regularmente la proeza de disparar sobre el pueblo en nombre del pueblo. El poder constituyente es el traje de luces que viste el origen siempre sórdido del poder, el velo que hipnotiza y hace creer a todos que el poder constituido es mucho más de lo que es.

Los que se proponen, como Antonio Negri, “gobernar la revolución”, sólo ven por todas partes, desde los motines de banlieue hasta los levantamientos del mundo árabe, “luchas constituyentes”. Un negrista madrileño, defensor de un hipotético “proceso constituyente” surgido del movimiento de las plazas, se atreve incluso a convocar a crear “el partido de la democracia”, “el partido del 99%” con vistas a “articular una nueva constitución democrática tan "cualquiera", tan a-representativa, tan post-ideológica como lo fue el 15M”. Este género de extravíos nos incita más bien a repensar la idea de revolución como pura destitución.

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Para destituir el poder no basta, por tanto, con vencerlo en la calle, con desmantelar sus aparatos, con incendiar sus símbolos. Destituir el poder es privarlo de su fundamento. Esto es precisamente lo que hacen las insurrecciones. En ellas, lo constituido aparece tal cual, con sus mil maniobras torpes o eficaces, groseras o sofisticadas. “El rey está desnudo”, se dice entonces, porque el velo de lo constituyente está hecho pedazos y es posible ver a través suyo. Destituir el poder es privarlo de legitimidad, conducirlo a asumir su arbitrariedad, a revelar su dimensión contingente. Es mostrar que sólo se mantiene en situación por cuanto despliega de estratagemas, trucos, artimañas; es hacer de él una configuración pasajera de las cosas que, como tantas otras, debe luchar y valerse de astucias para sobrevivir. Es forzar al gobierno a reducirse al nivel de los insurrectos, que no pueden seguir siendo unos “monstruos”, unos “criminales” o unos “terroristas”, sino simplemente unos enemigos. Conducir a la policía a ser ya simplemente una pandilla, a la justicia una asociación de malhechores. En la insurrección, el poder en turno no es ya sino una fuerza entre otras sobre un plano de lucha común, y no ya esa metafuerza que dirige, ordena o condena todas las potencias. Todo cabrón tiene un domicilio. Destituir el poder es restablecerlo sobre tierra.

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La legitimidad “del pueblo”, de “los oprimidos” o “del 99%” es el caballo de Troya con el que se conduce algo de constituyente al interior de la destitución insurreccional. Es el método más seguro para desmantelar una insurrección; el mismo que ni siquiera necesita vencerla en la calle. Para volver irreversible la destitución, nos hace falta, por tanto, comenzar por renunciar a nuestra propia legitimidad.

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El poder necesita haberse desprendido suficientemente del mundo, le es necesario haber creado un vacío suficiente en torno al individuo, o bien en él, haber creado entre los seres un espacio bastante desierto, para que uno pueda, a partir de ahí, preguntarse cómo va a ser posible agenciar todos esos elementos dispares que ya nada une, cómo uno va a reunir lo separado en cuanto separado. El poder crea el vacío. El vacío requiere el poder.


Salir del paradigma del gobierno equivale a partir políticamente de la hipótesis inversa. No hay vacío, todo está habitado, cada uno de entre nosotros es el lugar de paso y de anudamiento de cúmulos de afectos, de líneas, de historias, de significaciones, de flujos materiales que nos exceden. El mundo no nos cerca, nos atraviesa. Lo que habitamos nos habita. Lo que nos rodea nos constituye. No nos pertenecemos. Estamos siempre-ya diseminados en todo aquello a lo que nos vinculamos. La cuestión no es formar el vacío a partir del cual conseguiremos al fin volver a captar todo lo que se nos escapa, sino aprender a habitar mejor lo que está ahí; lo cual a su vez implica llegar a percibirlo, y esto no tiene nada de evidente para los hijos bizcos de la democracia. Percibir un mundo poblado no de cosas, sino de fuerzas, no de sujetos, sino de potencias, no de cuerpos, sino de vínculos. Es por su plenitud que las formas de vida consuman la destitución. Aquí, la sustracción es afirmación y la afirmación forma parte del ataque.

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