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jueves, 21 de noviembre de 2019

LECTURES PER PENSAR EL NOSTRE MÓN A AMICS DE LES ARTS AMB FELICITAT LLOP




Michel Foucault, a través dels conceptes de normalitat, disciplina, governamentalitat i biopolítica desenmascara les estratègies del poder des de la modernitat fins als nostres dies.

El poder deixa de ser quelcom extern que s’imposa a través de la por, l’autoritarisme o les lleis que emanen de l’estament judicial. Ara el poder passa pels diferents discursos mèdics, científics, antropològics, sociològics, pedagògics i psicològics que ens diuen què és«normal» i què no, què és el que hem corregir de nosaltres mateixos perquè no funciona «adequadament». Aquests discursos ens configuren des de dintre de nosaltres mateixos de tal manera que és a través del «discurs oficial» que ens sentim, ens pensem i ens autodefinim.

Ens podem rebelar contra tot això? Com hem de repensar la lluita política contra aquesta nova forma d’exercir el poder?

Marina Garcés a Nova il.lustració radical diu que necessitem crear nous conceptes per repensar-nos com un «nosaltres».

Judith Butler ens parla de la condició de precarietat i vulnerabilitat dels cossos que implica una condició d’interdependència social i política, un nosaltres.

Aquest «nosaltres» és heterogeni, divers, plural, i no només es refereix a la vida humana sinó a tot tipus de vida. Som un «nosaltres» que compartim la necessitat, no escollida, de cohabitar la terra i hem de ser capaços de crear una comunitat en la que totes les vides «siguin vivibles i iguals».

domingo, 29 de julio de 2012

SOCIEDADES DE CONTROL






A principios de 1872, el joven Nietzsche dicta en Basilea una serie de cinco conferencias que se recogerán posteriormente con el título Sobre el porvenir de nuestras instituciones educacionales. La mirada del moralista lleva a cabo en ellas una crítica radical del modelo de educación puesto en obra en los gimnasios de humanidades, crítica que acabará por impugnar el proyecto mismo de una enseñanza general obligatoria. Se trata —nos dirá allí— de instituciones donde se «promociona la miseria del vivir», donde, necesariamente, la cultura es puesta «al servicio de los fines del Estado».

Un siglo más tarde, en 1975, Michel Foucault, publica Vigilar y castigar:  Nacimiento de la prisión, una suerte de genealogía de la moral moderna de la que se desprenden dos evidencias simples, pero de graves consecuencias. La primera de ellas es la constatación de una profunda complicidad entre todas las instituciones totales: no sólo aparecieron en el mismo momento histórico la fábrica y el cuartel, la escuela y el hospital, el manicomio y la cárcel, sino que además la garantía de su eficacia respectiva es la misma: la puesta en obra de una idéntica tecnología disciplinaria. Es por ello que la fábrica se parece tanto a la cárcel, que a su vez se parece al cuartel, que se parece tanto al hospital, que a su vez se parece a la escuela… La segunda evidencia sigue naturalmente de la anterior: el ejercicio de ese poder disciplinario que encontramos por igual en todas las instituciones totales nos muestra un rostro que se aviene mal con la imagen clásica del poder. Se trata de un poder antes normalizador que legislativo, microfísico, local y relativamente autónomo respecto a las instancias económicas. Un poder que encuentra su especificidad en ese gesto disciplinario mediante el cual el tiempo de vida de los hombres es convertido en un determinado empleo del tiempo (tiempo de trabajo en la fábrica, de instrucción en el cuartel, de encierro en la cárcel). No es de extrañar entonces que se saludara el análisis de Foucault como la posibilidad de una nueva teoría de lo político, mediante la cual alcanzaría dignidad discursiva toda una dimensión de la lucha política (la resistencia contrainstitucional, la disidencia moral) hasta entonces criminalizada como reformista por «los portavoces de la vanguardia del movimiento obrero».