El sistema catalán de salud es una de las
mejores creaciones de la democracia. Y puede autodestruirse no solo por los
recortes y las progresivas privatizaciones también por el pozo sin fondo, o si
lo prefieren los fondos de reptiles, de la corrupción. Una corrupción que
funciona por medio de dos círculos viciosos, nunca tan bien dicho. Uno entre
sector público y sector privado. El otro entre convergentes y socialistas. Una
expresión muy visible de ello es como los cargos públicos pasan fácilmente al
sector privado sobre el cual tenían responsabilidades y al contrario, como es
el caso del conseller actual. Y también, y es lo más curioso, es muy frecuente
que si cambia el gobierno algunos cargos nombrados por los socialistas son
substituidos por convergentes y viceversa, pero los cesados pasan a otro
cargo público dentro del ámbito sanitario. Pasó tanto con los gobiernos
convergentes como con el tripartito. El partido hegemónico siempre se reservará
la consellería correspondiente.
La corrupción es un cáncer de la política. Genera
descrédito y desconfianza de la ciudadanía en las instituciones, desmoraliza a
los trabajadores de los servicios públicos, corrompe a los proveedores que
deben convertirse en corruptores y facilita la entrada en el circuito a empresarios
delincuentes, facilita los procesos de privatización y a la larga afecta al
conjunto de los ciudadanos contribuyentes que deben optar entre pagar servicios
básicos como la sanidad o la educación al sector privado o aceptar la
progresiva degradación de los servicios públicos que acaban siendo residuales.
La corrupción sociovergente en la sanidad no solo es corrupción, es un atentado
directo a la calidad de vida de los ciudadanos.
