Mientras algunos de sus adversarios, en el campo de la izquierda, y
concretamente los socialistas y comunistas, acusaron a veces a Malatesta de «tolstoiano»,
otros, más alevosos, desde la derecha, se esforzaron por presentarlo como feroz
iconoclasta y predicador de la más ilimitada violencia.
A propósito de Malatesta, escribe Luigi Fabbri:
«Una vez, a cierto sectarismo frío que, a ejemplo de
Torquemada, parecía dispuesto a sacrificar media humanidad para salvar, para la
otra mitad, la árida fórmula de un principio, tuvo que decir: “iYo daría todos
los principios por salvar a un hombre!”. Otra vez, contra un terrorismo que se
cree revolucionario porque le parecen necesarias las ejecuciones en masa para
el triunfo de la revolución, Malatesta exclamaba: “Si para vencer se debiese
elevar la horca en las plazas, preferiré perder”. En julio de 1921, en su
proceso de Milán, terminó sus declaraciones a los jurados con algunas palabras
de dolor por la lucha feroz desencadenada en el país del fascismo, lucha “que
repugnaba a todos y no beneficia a ninguna clase o partido”. Y en las tres
ocasiones no faltaron los que acusaron a Malatesta de tolstoiano o cosa peor» (Malatesta p. 28-29).
Pero, poco más adelante, añade el mismo Fabbri:
«Una de las injusticias de que Malatesta fue víctima
durante muchísimo tiempo, y que en 1919-1920 se agravó por todas las maldades y
las ferocidades que el odio de clase suscitó entonces en contra suya, fue la
leyenda que le describía como un promotor de desórdenes, como un teorizador del
homicidio, como un violento en la propaganda y en los hechos, como un
energúmeno sediento de sangre. Se encontrarán los rastros de ello no sólo en
los periódicos conservadores, reaccionarios y policíacos, sino hasta en algún
periódico de ideas avanzadas. Recuerdo, entre otros, un violento e innoble
artículo contra Malatesta en L’lniciativa Republicana, de Roma, en el que se
aseguraba que provocaba por capricho tumultos sangrientos, mientras era bien
evidente que estos siempre eran provocados por la policía italiana con el
deliberado propósito, sea de detener los progresos del movimiento revolucionario,
sea de crear una ocasión propicia para desembarazarse de un modo u otro del
temido agitador. El haber estado mezclado, desde 1870 en adelante, directa o
indirectamente, en una cantidad de movimientos y tentativas revolucionarias e
insurrecciones europeas, y junto a los informes fabulosos de las policías de
todos los países, que el periodismo burgués y ciertos escritores a lo Lombroso,
por servilismo profesional o por ignorancia, tomaban por oro de ley, habían
facilitado la difusión de la estúpida leyenda» (Malatesta, p. 29).
La verdad es que Malatesta no era un partidario de la resistencia pasiva
y de la no violencia, pese a la estima que sentía por Tolstoi, ni tampoco un
partidario de la violencia destructora e indiscriminada, de los atentados y las
bombas arrojadas alegremente contra justos y pecadores. Aun sin haber leído
ninguno de los textos que consagró en diversas ocasiones al problema de la
violencia, podríamos asegurarlo a partir de un conocimiento básico de su
carácter moral y de su ideario general.
Su posición a este respecto, se acercaba quizás más que a la de ninguno
de los grandes teóricos del anarquismo, a la de Kropotkin.