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jueves, 7 de enero de 2016

«DEMOCRACIA POLÍTICA DIRECTA», UN TEXTO DE TAKIS FOTOPOULOS (2005)

 
Takis Fotopoulos


Democracia política directa

Ámbitos públicos y privados

Es evidente que todas las dimensiones de la crisis multidimensional que consideramos en la primera parte del libro nos conducen de nuevo a la cuestión de la democracia. Esto no sólo requiere revivir la tradición de la polis griega sino también superarla, para lograr la reintegración de la sociedad con la política, pero también con la economía y la naturaleza. En este sentido, la democracia debe verse como algo incompatible con cualquier forma de desigualdad en la distribución del poder, es decir, con cualquier concentración de poder, político, social o económico. Por consiguiente, la democracia es incompatible con las relaciones mercantiles y de propiedad, que conducen inevitablemente a la concentración de poder. Asimismo, es incompatible con las estructuras jerárquicas que implican dominación, ya sea institucionalizada (por ejemplo, la dominación de las mujeres por parte de los hombres), u “objetiva” (por ejemplo, la dominación del Sur por parte del Norte en el marco de la división del mercado de trabajo, y la idea implícita de dominar el mundo natural). Por último, la democracia es fundamentalmente incompatible con cualquier sistema cerrado de creencias, dogmas o ideas. Así, la democracia no tiene nada que ver con la actual concepción liberal dominante de la misma, ni con las diversas concepciones de la sociedad ideal que se basan en la religión, la espiritualidad, o en creencias y dogmas irracionales.
La concepción de democracia inclusiva que forma el núcleo del nuevo proyecto liberador que se propone, es una nueva concepción de democracia, que, tomando como punto de partida su definición clásica, extiende su alcance a otros ámbitos donde es posible tomar decisiones colectivas. Proviene de una síntesis de dos importantes tradiciones históricas, la democrática clásica y la socialista, aunque también engloba los movimientos ecologistas radicales, feministas y de liberación del Sur. Desde la perspectiva del proyecto de la Democracia Inclusiva, el mundo, a principios del nuevo milenio, se enfrenta a una crisis multidimensional (económica, ecológica, social, cultural y política) causada por la concentración de poder en manos de diversas élites, a consecuencia del establecimiento, en los últimos siglos, del sistema de la economía de mercado, la “democracia” representativa y las estructuras jerárquicas relacionadas. En este sentido, una democracia inclusiva, que implica la distribución igualitaria del poder en todos los ámbitos, no se ve como una utopía (en el sentido negativo del término), sino tal vez como la única forma de salir de la crisis actual.
Quizás una buena manera de empezar el debate acerca de esta nueva concepción de democracia puede ser la distinción entre los dos ámbitos principales de la sociedad, el público y el privado, a los que podemos añadir un “ámbito ecológico”.
En este libro, el ámbito público, a diferencia del modo de proceder de muchos partidarios del proyecto republicano o democrático (Arendt, Castoriadis, Bookchin y otros) no sólo incluye el ámbito político, sino cualquier área de actividad humana donde se puedan tomar decisiones de forma colectiva y democrática.
Así pues, el ámbito público incluye:
• El ámbito político, que se define como la esfera de la toma de decisiones políticas, el área donde se ejerce el poder político.
• El ámbito económico, que se define como la esfera de la toma de decisiones económicas, el área donde se ejerce el poder económico con respecto a la diversidad de opciones económicas que cualquier sociedad de la escasez debe tomar.
• El ámbito social, que se define como la esfera de la toma de decisiones en el lugar de trabajo, en los centros educativos y en cualquier institución económica o cultural que sea un elemento constitutivo de una sociedad democrática.
• El ámbito ecológico, que se define como la esfera de las relaciones entre el mundo natural y el social.
En mi opinión, la ampliación del ámbito público tradicional para que incluya, además del ámbito político, los ámbitos económico, ecológico y “social”, es un elemento indispensable de una democracia inclusiva. Por lo tanto, podemos distinguir entre cuatro tipos principales de democracia que constituyen los elementos fundamentales de una democracia inclusiva: la democracia política, la democracia económica, la democracia ecológica y la “democracia en el ámbito social”. La democracia política, la democracia económica y la democracia en el ámbito social se pueden definir brevemente como el marco institucional que tiene como objetivo la distribución igualitaria del poder político, económico y social respectivamente, en otras palabras, como el sistema que aspira a la eliminación efectiva de la dominación del ser humano sobre el ser humano. De la misma manera, podemos definir la democracia ecológica como el marco institucional que tiene como objetivo la eliminación de cualquier intento humano de dominar el mundo natural, en otras palabras, como el sistema que se propone reintegrar la sociedad y la naturaleza.

El significado de democracia política

Podemos distinguir diversas formas de distribución del poder político en la historia, que, esquemáticamente, se pueden clasificar como democráticas u oligárquicas. En las primeras, el poder político se distribuye de forma igualitaria entre todos los ciudadanos de pleno derecho (el ejemplo típico es la ecclesia ateniense), mientras que en las segundas el poder político está concentrado, en diversos grados, en manos de varias élites.
En el ámbito político sólo puede haber una forma de democracia, lo que podemos llamar democracia política o directa, en la que el poder político se distribuye igualitariamente entre todos los ciudadanos. Así, la democracia política se basa en la distribución igualitaria del poder político entre todos los ciudadanos, la auto-institución de la sociedad. Esto significa que se tienen que satisfacer las siguientes condiciones para que una sociedad se pueda calificar como democracia política:
1) Que la democracia se base en la elección consciente por parte de los ciudadanos de la autonomía individual y colectiva y no en dogmas o ideas preconcebidas de carácter divino o místico, ni en sistemas teóricos cerrados que implican “leyes” sociales/naturales, o tendencias que determinan el cambio social.
2) Que no existan procesos políticos institucionalizados de naturaleza oligárquica. Esto implica que todas las decisiones políticas (incluidas las relativas al establecimiento y a la aplicación de las leyes) las toma el cuerpo de ciudadanos colectivamente y sin representación;
3) Que no existan estructuras políticas institucionalizadas que entrañen relaciones de poder desiguales. Esto significa, por ejemplo, que en los casos en que se delega autoridad a sectores del cuerpo de ciudadanos, con el fin de realizar tareas específicas (por ejemplo, actuar como miembros de los tribunales populares, o de consejos regionales y confederales, etc.), la delegación se designa, en principio, por sorteo, de forma rotativa, y siempre es revocable por el cuerpo de ciudadanos. Además, con respecto a los delegados a los órganos regionales y confederales, los mandatos deben ser específicos. Éste es un paso efectivo hacia la abolición de las relaciones jerárquicas ya que dichas relaciones se basan hoy en día, en gran medida, en el mito de los “expertos” que supuestamente pueden controlarlo todo, desde la naturaleza hasta la sociedad. Sin embargo, aparte de que cabe dudar del conocimiento de los llamados expertos (por lo menos en lo que se refiere a los fenómenos sociales, económicos y políticos), en una sociedad democrática, las decisiones políticas no se dejan en manos de los expertos sino de los usuarios, el cuerpo de ciudadanos. Los atenienses aplicaron este principio sistemáticamente; para ellos “todos los ciudadanos iban a participar, si lo deseaban, en la gestión del Estado, pero todos iban a ser aficionados... profesionalismo y democracia se consideraban, en el fondo, contradictorios”;
4) Que todos los residentes de una determinada área geográfica de un tamaño de población viable, pasada cierta edad de madurez (definida por el propio cuerpo de ciudadanos) y sin distinción de género, raza o identidad étnica o cultural, sean miembros del cuerpo de ciudadanos y participen directamente en el proceso de toma de decisiones.
Las condiciones anteriores, obviamente, no se cumplen en la “democracia” representativa (tal como funciona en Occidente), ni en la “democracia” soviética (como funcionaba en Oriente) ni en los diversos regímenes fundamentalistas o semi-militares del Sur. Por lo tanto, todos estos regímenes son formas de oligarquía política, donde el poder político está concentrado en manos de varias élites (políticos profesionales, burócratas del partido, sacerdotes, militares y demás). Del mismo modo, en el pasado, diversas formas de oligarquía dominaron el ámbito político, cuando los emperadores, los reyes y sus cortes, con o sin la cooperación de los caballeros, sacerdotes y otros, concentraron el poder político en sus manos.
Por otro lado, en el pasado se hicieron varios intentos de institucionalizar diversas formas de democracia directa, especialmente durante períodos revolucionarios (por ejemplo, las secciones parisinas de principios de la década de 1790, las colectivizaciones españolas en la guerra civil, etc.). Sin embargo, la mayoría de estos intentos duraron poco y normalmente no supusieron la institucionalización de la democracia como una nueva forma de régimen político que reemplaza, y no sólo complementa, al Estado. En otros casos, se establecieron disposiciones democráticas como un conjunto de procedimientos para la toma de decisiones en el plano local. Quizás, como señala Hansen, el único paralelismo real con la democracia ateniense fueran los cuatro cantones suizos y los cuatro medios cantones que se regían por asambleas populares (Landsgemeinden) y que, en su día, fueron estados soberanos.
Así pues, el único ejemplo histórico de una democracia directa institucionalizada donde, durante casi dos siglos (508/7 a.C. – 322/1 a.C.), el Estado estaba subsumido en la forma democrática de organización social, fue la democracia ateniense, que, sin embargo, como vimos en el capítulo anterior, fue una democracia política parcial. Además, me refiero a la democracia directa “institucionalizada” para dejar clara la distinción entre instituciones democráticas y práctica democrática, que puede seguir siendo no democrática, aunque las instituciones sí lo sean. Por tanto, es evidente que la institucionalización de la democracia directa es sólo la condición necesaria para el establecimiento de la democracia. Como señala Castoriadis: “la existencia de un espacio público (es decir, de un ámbito público que nos pertenece a todos) no es simplemente una cuestión de disposiciones legales que garanticen el derecho a la libertad de expresión, etc. Estas condiciones no son sino condiciones para que exista un espacio público”. Los ciudadanos de Atenas, por ejemplo, antes o después de deliberar en las asambleas, hablaban entre sí sobre política en el ágora.
Del mismo modo, la paideia desempeñaba un papel fundamental en la educación de los ciudadanos. La paideia no es sólo educación sino el desarrollo del carácter y una educación equilibrada en conocimientos y habilidades, es decir, la educación del individuo como ciudadano, que sólo puede “dar un contenido valioso y sustantivo al “espacio público”. Como señala Hansen sobre del papel crucial de la paideia:
Para la forma de pensar de los griegos, eran las instituciones políticas las que conformaban al “hombre democrático” y a la “vida democrática”, y no a la inversa: las instituciones de la polis educaban y moldeaban las vidas de los ciudadanos, y para tener la mejor vida debes tener las mejores instituciones y un sistema educativo conforme a ellas.

La democracia confederal

La unidad básica de toma de decisiones en una democracia inclusiva es la asamblea demótica, es decir, la asamblea del demos, el cuerpo de ciudadanos en un área geográfica determinada que delega poder a tribunales demóticos, milicias demóticas, etc. Sin embargo, aparte de las decisiones que deben tomarse en el ámbito local, hay muchas decisiones importantes que deben tomarse en el ámbito regional o confederal, así como en el lugar de trabajo. Así pues, hoy en día una democracia inclusiva sólo puede tener la forma de una democracia confederal que se basa en una red de consejos administrativos cuyos miembros o delegados son elegidos en asambleas populares democráticas cara a cara en las diversas comunidades, que, geográficamente, pueden abarcar una ciudad y los pueblos de alrededor, o incluso barrios de las grandes ciudades. Los miembros de esos consejos confederales tienen un mandato estricto, revocable y responsable ante las asambleas que los eligen con el fin de coordinar y administrar las políticas formuladas por las propias asambleas. Su función es, pues, puramente administrativa y práctica, no de formulación de políticas, como la función de los representantes en la “democracia” representativa.[1]
En cuanto a las decisiones que deben tomarse en los lugares de trabajo, el esquema propuesto, como se muestra en el diagrama del siguiente capítulo, concibe un sistema de asambleas demóticas y de asambleas en el trabajo donde las personas participan como ciudadanos y como trabajadores respectivamente. Por último, los delegados de las asambleas demóticas participan en las asambleas regionales y en la asamblea confederal.
La primera cuestión que se plantea con respecto a una democracia confederal es si, dado el tamaño de las sociedades modernas, la democracia directa es viable hoy en día. Otra cuestión relacionada es cómo se puede evitar que los consejos regionales y confederales se conviertan en nuevas estructuras de poder que empiecen a “representar” a las asambleas demóticas.
En cuanto a la cuestión de la viabilidad en general, como señala Mogens Herman Hansen, resumiendo los resultados de investigaciones recientes sobre el tema, “la tecnología moderna hace que sea bastante factible volver a la democracia directa —que sea deseable o no es otro asunto”.
Además, en cuanto a la cuestión relacionada de cómo podría evitarse que los consejos confederales degenerasen en nuevas estructuras de poder, de nuevo, la tecnología moderna puede desempeñar un papel importante. Una red electrónica podría conectar las asambleas demóticas en el ámbito regional o confederal, formando una gran “asamblea de asambleas”. De esta forma, la limitación de los miembros de los consejos regionales o confederales a tareas meramente administrativas de coordinación e implementación de las políticas adoptadas por las asambleas demóticas se hace aún más fácil. Además, a nivel institucional, se pueden establecer diversas válvulas de seguridad en el sistema para asegurar el funcionamiento eficaz de la democracia. Sin embargo, en última instancia, es la paideia lo que podrá condicionar realmente la práctica democrática.
Una objeción habitual contra el proceso democrático de toma de decisiones es que éste puede conducir fácilmente a “la tiranía de la mayoría”, donde diversas minorías —definidas por criterios culturales, raciales o incluso políticos— simplemente son oprimidas por las mayorías. Así, algunos libertarios declaran que “la mayoría no tiene más derecho de mandar sobre la minoría, incluso a una minoría de uno, que la minoría sobre la mayoría”. Otros insisten en que “un gobierno democrático sigue siendo un gobierno... sigue implicando intrínsecamente la represión de la voluntad de algunas personas”. Pienso que aquí hay dos cuestiones que deben examinarse por separado. En primer lugar, la cuestión de si la democracia sigue siendo un “gobierno” y, en segundo lugar, cómo puede protegerse a las minorías, incluso de uno.
En primer lugar, es obvio que aquellos que suponen, erróneamente, que la democracia implica una forma de “gobierno”, confunden la democracia no estatista con formas estatistas de la misma. Lo que los libertarios que adoptan este tipo de objeción a la democracia simplemente pasan por alto es que en una concepción no-estatista de la democracia no existe ningún conflicto entre la democracia y la libertad del individuo social, puesto que todos los individuos sociales comparten equitativamente el poder y pueden participar en el proceso de toma de decisiones. Además, como señala Bookchin, la alternativa que ellos proponen, el consenso, es “la alternativa individualista a la democracia”; una alternativa que, de hecho, ¡deja de lado la diversidad individual que supuestamente es oprimida por la democracia!
Con respecto a la segunda cuestión, es cierto que existe un problema en lo que atañe a la manera de proteger a las minorías, “incluso de uno”, de las mayorías y, en especial, a la forma de salvaguardar ciertas libertades individuales fundamentales de las decisiones adoptadas democráticamente por la mayoría. Históricamente, la respuesta que los partidarios de la democracia estatista han dado a esta cuestión son los “derechos humanos”.
Así, la primera concepción de los derechos humanos fue la concepción liberal elaborada por los filósofos liberales de los siglos XVII y XVIII (John Locke, Montesquieu, Voltaire, Rousseau) y las revoluciones inglesa, francesa y americana relacionadas con ésta. El individualismo liberal, la doctrina económica del “laissez faire” y la definición liberal de libertad como “libertad de” constituyen los pilares sobre los que se basan esos derechos. Luego, le llegó el turno a la “segunda generación” de derechos humanos (derechos sociales y económicos), que tuvieron su origen en la tradición socialista, concretamente en los pensadores socialistas y las revueltas y movimientos de masas de los siglos XIX y XX. En concordancia con la concepción socialista de la libertad, que se define positivamente, los derechos socio-económicos de esta categoría también se definen positivamente; su objetivo es la igualdad social, principalmente en forma de una participación equitativa en la producción y distribución del producto social, que se logra mediante la intervención del Estado. Por lo tanto, estos derechos son “colectivos”, en el sentido de que pertenecen más a las comunidades o a las sociedades en su conjunto que a los individuos (derecho al trabajo, a las vacaciones pagadas, a la seguridad social, a la educación, etc.).
Sin embargo, tanto la concepción socialista como la liberal implican un modo de ver los derechos políticos y socio-económicos como cosas separadas, modo de ver que, como expresa un activista ecologista, es fruto de una concepción que ve la existencia social dividida en ámbitos —el político y el económico— separados. Sin embargo, una característica más fundamental que comparten tanto las concepciones liberales como socialistas de los derechos es que ambas presuponen una forma estatista de democracia. Los derechos humanos son principalmente derechos contra el Estado; muchos derechos cobran sentido sólo en las formas de organización social donde el poder político y económico está concentrado en manos de élites, mientras que en un tipo de democracia no estatista, que por definición implica una distribución igualitaria del poder, estos derechos pierden sentido. Este es, por ejemplo, el punto de vista que subscribe Karl Hess cuando afirma que “los derechos son poder, el poder de alguien o de algún grupo sobre otro (…) los derechos provienen de instituciones de poder”. Por lo tanto, en principio, en el caso de una democracia no estatista tal como la hemos definido, la cuestión de los derechos humanos no debería plantearse en absoluto. Sin embargo, incluso en una democracia inclusiva, la cuestión sigue siendo cuál es la mejor forma de proteger la libertad de cada individuo de las decisiones colectivas de las asambleas. Los anarquistas clásicos como Proudhon y Kropotkin, así como los modernos como Karl Hess, recurren a los contratos en forma de acuerdos voluntarios para regular los asuntos entre las personas en una sociedad no estatista. Sin embargo, en mi opinión, la cuestión de la protección de las libertades individuales de las decisiones de la mayoría no puede dejarse simplemente en manos de acuerdos voluntarios, que pueden romperse con facilidad. Esta es una cuestión muy importante que debería decidirse democráticamente, como todas las demás cuestiones importantes. Si bien el requisito del consenso para establecer (o anular) estas libertades puede ser poco práctico o incluso moralmente equivocado, esto no debería significar que un asunto tan importante podría decidirse por la mayoría simple de una asamblea local o regional. Se trata, tal vez, de un ámbito en el que las decisiones deben ser adoptadas por las asambleas confederales con el requisito de quórum y mayorías excepcionales.
Sin embargo, la democracia requiere un grado significativo de homogeneidad cultural para que sea tolerable. Las divisiones culturales pueden crear resentimiento contra las decisiones mayoritarias o intolerancia con respecto a los derechos de las minorías. Por lo tanto, a pesar de las garantías anteriores, pueden seguir existiendo problemas de opresión de las minorías raciales o étnicas por parte de las mayorías. Una posible solución a estos problemas puede ser la que sugiere Howard Hawkins en relación a la experiencia de los EE.UU, es decir, promover un programa de comunidades —demoi— formadas por minorías, o incluso confederaciones de comunidades autogobernadas, en caso de que las minorías se encuentren geográficamente separadas. Mas, en caso de que la segregación geográfica no exista, tal vez deberían establecerse diferentes disposiciones institucionales, creando asambleas separadas de
minorías en el seno de la confederación, o tal vez dando a las minorías el derecho de veto “en bloque”. Por supuesto, las disposiciones institucionales sólo crean las condiciones previas para la libertad. En última instancia, la autonomía individual y colectiva depende de que cada ciudadano interiorice los valores democráticos. Por lo tanto, la paideia vuelve a desempeñar, de nuevo, un papel crucial en este sentido. Es la paideia, junto con el elevado nivel de conciencia cívica que se espera que cree la participación en una sociedad democrática, lo que contribuirá de manera decisiva al establecimiento de un nuevo código moral que determine el comportamiento humano en una sociedad democrática. Supongo que no será difícil ver que los valores morales que son compatibles con la autonomía individual y colectiva en una sociedad basada en la comunidad son aquellos que se fundamentan en la cooperación, la ayuda mutua y la solidaridad.

Las críticas a la democracia directa

La reivindicación de la democracia directa ha sido recientemente criticada desde diversos sectores, incluso por supuestos libertarios, y naturalmente por parte de los estatistas de tipo societario civil como Andre Gorz y Norberto Bobbio. Lo sorprendente es que uno de los principales argumentos que utiliza Gorz contra este tipo de sociedad es que ésta entrará necesariamente en contradicción con la autonomía individual, presumiblemente, porque representará otro sistema, mientras que el objetivo debería ser abolir todo lo que convierte a la sociedad en un sistema. Sin embargo, en el proceso, Gorz deja claro que da por sentado el sistema de la economía de mercado y el Estado insistiendo en que, como señala Finn Bowring, el objetivo socialista no debe ser eliminar el sistema o el ámbito de la heteronomía, ¡sino limitarlo cuando no se puede prescindir de él! Por otro lado, Bobbio, adoptando la definición negativa de libertad como “libertad de”, califica la democracia liberal como “la única forma posible de una democracia eficaz”, capaz de proteger a los ciudadanos de la intrusión del Estado. En el proceso, critica lo que denomina el “fetiche” de la democracia directa por las habituales razones de escala (haciendo caso omiso de las propuestas de los confederalistas) y por la experiencia negativa del movimiento estudiantil (pasando por alto el hecho de que la democracia no es sólo un procedimiento sino un régimen, una forma de organización social). Por lo tanto, en esencia, lo que promueven Bobbio, así como Miliband y otros autores del mismo espectro ideológico, es una forma de democracia económica que complemente la democracia liberal.
Otra objeción habitual que se plantea a este tipo de organización social es que la “complejidad” y el tamaño de las sociedades actuales hacen de ella un sueño utópico. Así, André Gorz, una vez más, sostiene que una sociedad descentralizada es imposible porque implica la “eliminación radical” de las técnicas industriales, las funciones especializadas y la división del trabajo y un retorno a las comunidades autárquicas o a una sociedad como la de los kibutz. Sin embargo, una democracia confederal no presupone nada de eso. Este tipo de sociedad, no sólo es perfectamente compatible con la tecnología moderna, como ha mostrado Murray Bookchin, sino que, además, hablar sobre la vuelta a las comunidades autárquicas o a un tipo de sociedad como la de los kibbutz significa que no se ha entendido nada de las propuestas relativas a la organización económica de una sociedad de este tipo. Como trataré de mostrar en el próximo capítulo, una democracia confederal ni excluye la especialización y la división del trabajo, ni depende de un sistema de comunidades autárquicas —sistema que hoy de todos modos no es viable. Lo que el sistema propuesto sí excluye es la economía de mercado y la “democracia” representativa, ¡instituciones de las que no pueden prescindir los pensadores “radicales” como Andre Gorz!

Capítol 13 del llibre Crisis multidimensional y democracia inclusiva (Girona, 2012), de Takis Fotopoulos. Traducció de Laia Vidal y Blai Dalmau.







[1] Murray Bookchin ha descrito un esquema similar que, sin embargo, se basa en comunidades y no conlleva una verdadera democracia económica puesto que deja de lado el problema de la escasez.

miércoles, 6 de enero de 2016

«¿CUÁL ES LA BASE DE LA LIBERTAD Y LA DEMOCRACIA?», UN TEXT DE TAKIS FOTOPOULOS (2005)

Takis Fotopoulos

¿Cuál es la base de la libertad y la democracia?

Una sociedad autónoma es inconcebible sin individuos autónomos y viceversa. Así, en la Atenas clásica, ningún ciudadano es autónomo a menos que participe de forma igualitaria en el poder, es decir, a menos que participe en el proceso democrático. En general, como observa Castioradis, ninguna sociedad es autónoma a menos que esté compuesta de individuos autónomos porque “sin la autonomía de los demás no hay autonomía colectiva; y fuera de esa colectividad yo no puedo ser realmente autónomo”. Por lo tanto, es obvio que en el contexto social, la misma aceptación de la idea de autonomía conduce inevitablemente a la idea de democracia.
Sin embargo, incluso si damos por sentada la relación entre la libertad/autonomía y la democracia, se sigue planteando la cuestión de las bases de la democracia, de hecho, de la libertad en sí misma. Tradicionalmente, la mayoría de libertarios, desde Godwin a Bakunin y Kropotkin, basaron su ética y su política, la libertad en sí misma, en una naturaleza humana estática que se rige por “leyes universales y necesarias”, las cuales normalmente se referían a leyes naturales; a diferencia de los marxistas que hacían hincapié en las “leyes” económicas. Esto reflejaba el mismo aliciente que en el siglo XIX llevó a Marx a elaborar sus leyes económicas “científicas”, a saber, el incentivo de hacer que el proyecto libertario parezca “científico” o, al menos, “objetivo”.
Sin embargo, el uso de un método “objetivista” para justificar la necesidad de una democracia inclusiva es a la vez problemático e indeseable. Es problemático porque hoy son pocos los que siguen creyendo, tras la entrada decisiva en la ciencia de la incertidumbre del siglo XX, que aún es posible inferir “leyes”, “tendencias” o “direccionalidades” “objetivas” de la evolución social. Es indeseable porque, como ha demostrado el caso del proyecto socialista, existe una relación clara entre la “cientifización” del proyecto en manos de los marxistas- leninistas y la consiguiente burocratización de la política socialista y la transformación totalitaria de la organización social. Así, se puede suponer que si la democracia inclusiva reemplaza alguna vez a las actuales formas heterónomas de organización política y económica, esto no representará la realización de posibilidades potenciales para la libertad, sino simplemente la elección consciente entre dos posibilidades sociales, que pueden describirse de forma esquemática como la posibilidad de autonomía frente a la posibilidad de heteronomía.
Sin embargo, si el “objetivismo” modernista parece problemático e indeseable, esto no significa que el subjetivismo posmodernista sea menos problemático, puesto que puede conducir fácilmente al relativismo general y al irracionalismo, si no al abandono total de la política radical y al conformismo. El proyecto democrático es incompatible con el relativismo, porque niega explícitamente la consideración de que todas las tradiciones, en este caso la tradición autónoma y la heterónoma, tienen unos valores de verdad equivalentes.
Por consiguiente, aunque se pueda aceptar la concepción posmodernista de la historia, según la cual esta no se puede ver como un proceso lineal (Kant, etc.) o dialéctico (Hegel, Marx) de Progreso que encarna la razón, esto no implica que deberíamos asignar el mismo valor a todas las formas históricas de organización social: desde la Atenas clásica, los cantones suizos y las secciones parisinas, hasta los regímenes “democráticos” actuales. Esta clase de relativismo general, adoptado por el posmodernismo, simplemente refleja el abandono por parte de este último de cualquier crítica de la realidad social institucionalizada y una retirada general al conformismo, como señala acertadamente Castoriadis. Además, adoptar el rechazo posmoderno del universalismo implica el abandono de cualquier idea de un proyecto liberador, dado que el proyecto de autonomía/democracia, por supuesto, es en gran medida un proyecto “universal”
Por último, el proyecto democrático es incompatible con el irracionalismo porque la democracia, como proceso de auto-institución social, implica una sociedad abierta ideológicamente, es decir, que no se basa en ningún sistema cerrado de creencias, dogmas o ideas. “La democracia”, como señala Castoriadis, “es el proyecto de romper el cerco a nivel colectivo”. Por lo tanto, en una sociedad democrática, los dogmas y los sistemas cerrados de ideas no pueden ser parte del paradigma social dominante, aunque, por supuesto, los individuos pueden tener las creencias que deseen, siempre y cuando estén comprometidos a respetar el principio democrático, es decir, el principio según el cual la sociedad es autónoma, institucionalizada como una democracia inclusiva. Una muestra de esto es que, incluso en la Atenas clásica, hace 2.500 años, se establecía una clara distinción entre la religión y la democracia. No es casual, por ejemplo, que todas las leyes aprobadas por la ecclesia empezaran con la cláusula de que “esta es la opinión del Demos” sin hacer ninguna referencia a Dios. Esto contrasta claramente con la tradición judeo-cristiana, donde, como señala Castoriadis, el origen de las leyes en el Antiguo Testamento es divino: Jehová dicta las leyes a Moisés.
Por lo tanto, el proyecto democrático no puede basarse en ninguna “ley” o tendencia divina, natural o social, sino en nuestra propia elección consciente y auto-reflexiva entre las dos principales tradiciones históricas: la tradición de heteronomía, que ha sido históricamente dominante, y la tradición de autonomía. La elección de la autonomía implica que la institución de la sociedad no se fundamenta en ningún tipo de irracionalismo (fe en Dios, creencias místicas, etc.) ni en “verdades objetivas” sobre la evolución social basadas en “leyes” sociales o naturales. Esto es así porque cualquier sistema de creencias religiosas o místicas (así como cualquier sistema cerrado de ideas), por definición, excluye el cuestionamiento de algunas creencias o ideas fundamentales y, por tanto, es incompatible con los ciudadanos estableciendo sus propias leyes. De hecho, el principio de “no cuestionar” algunas creencias fundamentales es común en toda religión o conjunto de creencias metafísicas y místicas, desde el cristianismo hasta el taoísmo. Esto es importante si se tiene en cuenta especialmente que la influencia actual de tendencias irracionalistas en las corrientes libertarias ha dado lugar a la ridícula imagen de decenas de comunidades organizadas de forma democrática e inspiradas por diversos tipos de irracionalismo (que no se diferencian de sectas religiosas similares en el pasado, por ejemplo, el movimiento de cristianos cátaros, ensalzado por los libertarios como democrático!).
El elemento fundamental de la autonomía es la creación de nuestra propia verdad, algo que los individuos sociales sólo pueden lograr a través de la democracia directa, es decir, el proceso mediante el cual cuestionan continuamente cualquier institución, tradición o “verdad”. En una democracia, las verdades dadas simplemente no existen. La práctica de la autonomía individual y colectiva presupone la autonomía de pensamiento, en otras palabras, el cuestionamiento constante de las instituciones y de las verdades.
Sin embargo, si no es factible ni deseable basar la reivindicación de democracia en “leyes” o “tendencias” “científicas” u “objetivas” que dirigen la evolución social hacia la realización de potencialidades objetivas, entonces esta reivindicación sólo se puede fundamentar en un proyecto liberador. Y ese proyecto liberador hoy sólo puede constituir una síntesis de las tradiciones democrática, socialista, libertaria, ecologista radical y feminista. En otras palabras, sólo puede ser un proyecto para una democracia inclusiva, en el sentido de democracia política, económica, “social” y ecológica. Sin embargo, el hecho de que la reivindicación de democracia sólo pueda fundamentarse en un proyecto que no puede ser “cientifizado” ni “objetivizado” no significa que es sólo una utopía en el sentido negativo de la palabra. Un proyecto liberador no es una utopía si se basa en la realidad actual. Y la realidad actual se resume en la crisis multidimensional sin precedentes que vimos en la primera parte del libro, que abarca todos los ámbitos de la sociedad (político, económico, social, cultural) así como la relación sociedad-naturaleza.
Además, un proyecto liberador no es una utopía si expresa el descontento de importantes sectores sociales y su explícita o implícita impugnación de la sociedad existente. Hoy en día, se impugnan cada vez más las principales instituciones políticas, económicas y sociales en las que se basa la actual concentración de poder. Así, no sólo se cuestionan de diversas maneras las instituciones políticas básicas (capítulo 4) sino que también se cuestionan de forma masiva las instituciones económicas fundamentales, como la propiedad privada (véase, por ejemplo, el estallido del crimen contra la propiedad en el último cuarto de siglo aproximadamente).

Por último, un proyecto liberador no es una utopía si refleja las tendencias actuales en el cambio social. Y el proyecto para una democracia inclusiva que se describirá en el siguiente capítulo refleja las tendencias democráticas que se expresaron radicalmente en el mayo del 68 y hoy en día a través de las formas de organización del movimiento antiglobalización en el Norte y de tendencias similares de organización democrática, más allá de la “democracia” representativa y la economía de mercado, en el Sur.

Takis Fotopoulos

Fragment de «Las bases de un nuevo proyecto liberador», capítol 12 del llibre Crisis multidimensional y democracia inclusiva (Girona, 2012), de Takis Fotopoulos. Traducció de Laia Vidal y Blai Dalmau.


sábado, 10 de noviembre de 2012

JOSEP FONTANA Y ENRIC GONZÁLEZ O... ¿QUÉ OCURRE EN CATALUÑA?


Fotografía de  Sergi Fuster



Josep Fontana (Barcelona, 1931) es uno de los más prestigiosos historiadores españoles. Fue discípulo de Jaume Vicens Vives y se especializó en historia económica contemporánea. Militó en el PSUC de la clandestinidad, pero se distanció de él durante la Transición. Ahora se declara favorable a la independencia de Cataluña bajo ciertas condiciones. Esta conversación [con Enric González] se desarrolla en su domicilio, un piso muy cercano al Paralelo barcelonés.

Usted fue discípulo de Jaume Vicens Vives.
Sí, entre otros.

En las próximas elecciones catalanas, ¿qué cree usted que votaría Vicens Vives?

Es difícil saberlo. Por extracción social y por manera de pensar, la lógica dice que habría votado por CiU. Pero si hubiera vivido todos estos años habría pasado por tal cantidad de desengaños y cabreos que dudo mucho que lo tuviera claro.

Hablando de desengaños, ¿tiene alguna cosa que ver el colapso de las alternativas revolucionarias con lo que está ocurriendo en Cataluña?
El colapso de las alternativas tiene que ver con todo. Es un factor determinante. El sistema establecido se siente seguro y tranquilo porque por primera vez desde 1789 puede dormir bien, no hay ninguna amenaza global que parezca que pueda desmontar el sistema. Sin este fracaso de quienes pensaban que era posible una alternativa es evidente que todo habría ido de manera muy diferente, especialmente la forma en que se hace el reparto de los beneficios entre unos y otros. Entre 1945 y 1975 se vive una etapa feliz en los países desarrollados, porque el reparto equitativo de los beneficios de la productividad permite mejorar los salarios, el nivel de vida y el consumo. Pero llega un momento, en 1968, que demuestra que ni en Occidente (el Mayo de París) ni en Oriente (la Primavera de Praga) existe la posibilidad de cambiar las cosas desde abajo. El mundo empresarial y financiero decide que no hace falta hacer más concesiones. Y con Ronald Reagan y Margaret Thatcher comienza la lucha contra los sindicatos; lo que Paul Krugman llama «la gran divergencia», que sigue vigente actualmente, entre los ingresos de los de abajo y las clases medias y los ingresos del 1%, los más ricos. Esto lo determina todo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

11-S: INDEPENDENCIA SÍ, PERÒ REAL!






Cal un moment llarg de reflexió, abans d’entrar en la retòrica política que s’ha instal·lat al nostre país, Catalunya, on el que està de moda, es parlar de que cal d’Independència política de Catalunya, sense més, i caient, una vegada més, en la superficial i interessada dialèctica d’uns partits polítics institucionals que només viuen d’això de pervertir el llenguatge i d’obviar el veritable debat polític de les idees i del drets.

Com podem parlar d’Independència política sense parlar abans de la nostra «democràcia formal» que no és realment democràcia, i molt menys «democràcia directa». O es que ens oblidem del que passa, per exemple, quan un grup de ciutadans intenta fer un referèndum ciutadà pel dret a decidir, o per salvar la sanitat pública, o per incidir en qualsevol decisió política important?

En quin lloc queda la legalitat quan no hi tenen cabuda les iniciatives populars de democràcia directa?

viernes, 31 de agosto de 2012

TERRASSA POR LOS DERECHOS CIVILES Y LAS LIBERTADES DEMOCRÁTICAS


TERRASSA POR LOS DERECHOS CIVILES
Y LAS LIBERTADES DEMOCRÁTICAS

A raíz de la huelga del 29 de marzo hemos podido ver un incremento de las prácticas represivas, pero ya antes habíamos vivido una preparación del terreno, expresada en los intentos de desprestigiar mediáticamente a los participantes en las acampadas del 15-M o en intervenciones policiales desmesuradas como las de la plaza de Catalunya en Barcelona o en las protestas estudiantiles contra el Plano Bolonia de hace unos años o las de Valencia o las de la huelga del 29-S, que no responden a un crecimiento de los incidentes en las protestas, sino a una estrategia deliberada que pretende criminalizar y atemorizar a los que disienten.

Todo esto forma parte de una estrategia que persigue debilitar la respuesta popular y ciudadana a las medidas que se van tomando mediante:

viernes, 27 de julio de 2012

TERRASSA PELS DRETS CIVILS I LES LLIBERTATS DEMOCRÀTIQUES



TERRASSA PELS DRETS CIVILS
I LES LLIBERTATS DEMOCRÀTIQUES

Arran de la vaga del 29 de març hem pogut veure un increment de les pràctiques repressives, però ja abans havíem viscut una preparació del terreny, expressada en els intents de desprestigiar mediàticament els participants a les acampades del 15-M o en intervencions policials desmesurades com les de la plaça de Catalunya a Barcelona o en les protestes estudiantils contra el Pla Bolonya d’ara fa uns anys, o les de València o les de la vaga del 29-S, que no responen a un creixement d’incidents en les protestes, sinó a una estratègia deliberada que pretén criminalitzar i atemorir els que dissenteixen.