A veces la vida te da el
mismo día dos inmensas tortas en forma de cruel ironía.
La
primera. Esta semana debatíamos los presupuestos generales en el Congreso, y
mientras escuchaba a Montoro encontré sepultada una noticia que afirmaba que el
Banco Central Europeo había secundado la petición del ministro alemán de
finanzas, Wolfgang Schäuble, de crear la figura de un supercomisario europeo
con capacidad de vetar los presupuestos de los países de la Unión Europea. Tal
cual.
La
verdad es que la noticia pasó sin pena ni gloria, muy a pesar de su
importancia. Con esta nota el Gobierno alemán —y su brazo armado, el BCE—,
estaba reconociendo su propósito de consolidar un ordenamiento institucional
profundamente antidemocrático y que hasta hace unas décadas solo podían
defender, sin ser reprobados públicamente, los economistas ultraliberales de la
escuela de Hayek. Hoy, con absoluto descaro y sin apenas oposición, el triunfo
de los tecnócratas parece evidente.
