Por anarquismo entendemos la quiebra de las relaciones
de poder como base de la vida social y el rechazo de toda autoridad externa al
ser humano. El sentido etimológico meramente negativo de la palabra anarquismo
—ausencia de gobierno— no logra expresar todo lo positivo que el término
contiene, como aspiración a una vida libre de cadenas. La palabra griega archos
significa «soberano», «jefe», «comandante». Anarquía quiere decir
«ausencia de gobierno/estar sin gobierno», pero también «ausencia de
soberano/vivir sin jefe». Se trata pues de un término que alude a lo político,
aunque de forma negativa. El anarquismo se ha presentado a menudo como una
recusación o denuncia de la política, por lo menos de la política tal y como
hoy en día es practicada, como teatro de las representaciones y
enmascaramientos. La política que propone es eminentemente antipolítica,
destructora de todos aquellos mitos sobre los cuales un Estado fundamenta su
poder: la patria, la raza, la moral, la religión, la propiedad, el pueblo, la familia...
Postula la desaparición del Estado como instancia reguladora de las relaciones
sociales, afirmando que su poder es contrario a la naturaleza de las cosas, a
la libertad individual y a las aspiraciones de justicia inherentes a la
condición humana. El problema es que el Estado y el Capital y sus múltiples
tentáculos interfieren y destruyen las relaciones que los miembros de una
sociedad normalmente establecerían entre ellos. No es
posible ser caritativos —solidarios— si el Capital aprieta y el Estado nos
carga de impuestos. No podemos interactuar libremente con los otros si el
Estado interfiere con sus leyes, reglamenta las relaciones humanas hasta
hacerlas desaparecer, transformadas en mera convivencia, sin que sea necesario
compartir, ni interactuar, ni siquiera conocer a nuestros vecinos más cercanos.
