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jueves, 1 de agosto de 2013

LA DEMOCRACIA COMO REVOLUCIÓN

Está llegando el momento en que reivindicar que nuestra vida política sea democrática va a convertirse en un acto insurreccional, en un acto revolucionario. Volveremos así a la época en que un demócrata era un peligroso activista al que se tenía que controlar y vigilar de cerca. La degradación del funcionamiento del sistema (el cajero del partido del gobierno con millones en Suiza certifica un comportamiento prevaricador sistemático de ese partido; el principal partido de la oposición con los ERE en Andalucía), el hartazgo colectivo sobre como funciona la cosa pública (distancia sideral entre promesas y realidad; uso compulsivo de la mentira; no reconocimiento de los errores propios) y la sensación general de agotamiento del modelo está conduciendo a un callejón sin salida.

¿Podemos imaginar un proceso de regeneración desde dentro? No percibo catarsis alguna en los partidos centrales del sistema. Más bien, tratan de seguir siendo centrales, atacándose entre ellos, para así sostenerse mutuamente. ¿Es posible que desde Europa se nos obligue a ello? No creo que el modelo de construcción europea, alejado de las complejidades internas de cada miembro del club e interesado solo en que el mercado funcione, ofrezca esperanza de redención. ¿Qué nos queda? La revolución.