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| Fotografia: http://www.monsacro.net/ |
El capitalismo
ha alcanzado su cenit, ha traspasado el umbral a partir del cual las medidas
para preservarlo aceleran su autodestrucción. Ya no puede presentarse como la
única alternativa al caos; es el caos y lo será cada vez más. Durante los años
sesenta y setenta del pasado siglo, un puñado de economistas disconformes y
pioneros de la ecología social constataron la imposibilidad del crecimiento
infinito con los recursos finitos del planeta, especialmente los energéticos,
es decir, señalaron los límites externos del capitalismo. La ciencia y la
tecnología podrían ampliar esos límites, pero no suprimirlos, originando de
paso nuevos problemas a un ritmo mucho mayor que aquél al que habían arreglado
los viejos. Tal constatación negaba el elemento clave de la política estatal de
posguerra, el desarrollismo, la idea de que el desarrollo económico bastaba
para resolver la cuestión social, pero también negaba el eje sobre el que
pivotaba el socialismo, la creencia en un futuro justo e igualitario gracias al
desarrollo indefinido de las fuerzas productivas dirigidas por los
representantes del proletariado. Además, el desarrollismo tenía contrapartidas
indeseables: la destrucción de los hábitat naturales y los suelos, la
artificialización del territorio, la contaminación, el calentamiento global, el
agujero de la capa de ozono, el agotamiento de los acuíferos, el deterioro de
la vida en medio urbano y la anomia social. El crecimiento de las fuerzas
productivas ponía de relieve su carácter destructivo cada vez más preponderante.
La fe en el progreso hacía aguas, el desarrollo material esterilizaba el
terreno de la libertad y amenazaba la supervivencia.
