Sábado por la noche.
Me pillé la mano con la puerta de la cocina (soy muy propensa a los accidentes
domésticos: soy sagitario y no tengo «conciencia de mi cuerpo»). Me presenté sola
en el hospital de Sant Pau porque mi compañero se quedaba a cuidar de mi hija.
Me pasaron a la sala de espera. Allí había una niña, venga a... llorar.... Le
pregunté su edad. Tenía 18 años, estudiaba en Barcelona, tenía una otitis.
Llevaba dos horas allí. Su familia estaba en Girona. Yo sé que las otitis
duelen muchísimo, he pasado alguna. Pero creo que también lloraba porque estaba
asustada y sola. Me presenté ante la enfermera. Le dije que por favor le dieran
un calmante a esa chica. Me dijo que como enfermera ella no podía administrar
nada sin autorización del médico.
—¿Y dónde está el
médico?
—Ocupado, y aún puede
tardar horas.
Y luego me miró:
—Tú eres escritora,
¿no? Escríbelo. Escríbelo. Cuenta cómo está la situación.
Y eso he decidido
hacer.
