martes, 15 de diciembre de 2015

COLIN WARD: «LA ARMONÍA MEDIANTE LA COMPLEJIDAD»




La armonía mediante la complejidad

A las personas les gustan las ideas sencillas, y tienen razón. Desgraciadamente, la sencillez que ellas buscan sólo se encuentra en las cosas elementales; y el mundo, la sociedad y el hombre están hechos de problemas insolubles, principios contradictorios y fuerzas conflictivas. El organismo significa com­plicación, y la multiplicidad significa contradicción, oposición e independencia.
P.-J, Proudhon, La teoría de los impuestos (1861)

Una de las razones más frecuentes para rechazar el anarquismo como teoría social es la de que es fácil imaginarse que exista en comunidades pequeñas, aisladas y primitivas, pero que es imposible que exista en las grandes y complejas sociedades industriales. Este punto de vista es erróneo tanto en lo que se refiere a la naturaleza del anarquismo como a la naturaleza de las sociedades tribales. Sin duda alguna, el conocimiento de que existen, o han existido, sociedades huma­nas sin gobierno, sin autoridad institucionalizada y con códigos sociales y sexuales muy distintos a los de nuestra propia sociedad, interesa a los partidarios del anarquismo, aunque sólo sea para rechazar la acusación de que tiene ideas opuestas a la «naturaleza humana». Puede encontrarse a menudo en los periódicos anarquistas descripciones atractivas de anarquía tribal, de algún ejemplo del Siglo de Oro (visto desde fuera) entre los esquimales, o entre los robrianders, felices sexualmente.
Con estos artículos podría recopilar una impresionante antología, tal como los libros de viajes y trabajos de antropología popular, desde Aku-Aku a Wai-Wai. Algunos escritores anarquistas del pasado lo hicieron: Kropotkin, en su capítulo sobre «El apoyo mutuo entre los salvajes» ; Élie Reclus, en su Los primitivos y Edward Carpenter en su ensayo sobre Sociedad no-guber­namental. Pero la antropología ha desarrollado sus técnicas y métodos de análisis desde aquellos tiempos de enfoque anecdótico, gracias a los relatos de viajeros. Actualmente, cuando observamos las sociedades más «sencillas», caemos en la cuenta de que no lo son tanto. Cuando los primeros viajeros occidentales regresaron de sus viajes por África, escribieron con matices paternalistas y compasivos sobre el sonido cacofónico de los tambores de los salvajes de la selva, o sobre las primitivas chozas de barro o paja, ya que estaban anonadados por la presunta superioridad de su propia sociedad, lo que les cegaba a las sutiles y maravillosas culturas de otras poblaciones. Actualmente, uno puede pasarse la vida explorando la estructura de la música africana o la ingenuidad y variedad de su arquitectura. Del mismo modo, antiguamente, ciertos observadores describieron como libertinaje sexual o matrimonio de grupo lo que simplemente era un modo distinto de organización familiar, o describieron algunas sociedades como anarquistas cuando una nueva investigación puede demostrar que lo que tenían eran modos tan efectivos de control social como cualquier sociedad autoritaria, o que ciertos modelos de comportamiento están tan coaccionados por las costumbres como para dar lugar a cualquier alternativa.
Hoy en día, teniendo al alcance la información antropológica, el anarquista debe plantear cuestiones más sofisticadas que sus antecesores sobre el papel que desempeñaba la ley en estas socie­dades. Pero ¿qué constituye «la ley»? Raymond Firth escribe: «Cuando observamos las leyes primitivas, nos encontramos ante dificultades de definición. Normalmente, no existen códigos de legislación explícitos, emitidos por una autoridad central, ni un cuerpo jurídico oficial al estilo de un tribunal. Sin embargo, hay normas que se espera sean obedecidas y que, de hecho, son normalmente respetadas y existen medios para asegurar cierto grado de obediencia».[1]
Los antropólogos están divididos en lo que se refiere a la clasificación de estas normas y a la definición de la ley. Según el análisis de los juristas, que consideran las leyes por lo que se decide en los tribunales, «los pueblos primitivos no tienen ley, sino simplemente un cuerpo de costumbres»; para los sociólogos, lo importante es el cuerpo completo de normas que existen en una sociedad y cómo funcionan. Malinowski incluía en la ley primitiva «todo tipo de deber obligatorio y cualquier acto habitual para prevenir violaciones del modelo social». Godfrey Wilson considera como criterio de acción legal «el acceso a un asunto por parte de uno o más miembros de un grupo social no involucrados personalmente», aunque otros definirían, no como ley, pero sí como arbitraje privado, las condenas referentes a un pariente de edad, o a un vecino respetable debido a un litigio, todo lo cual Wilson describió al hablar de los nyakysua. Sin embargo, Kropotkin, en su ensayo «Ley y autoridad», señala este aspecto como la antítesis de la ley: «Muchos viajeros han descrito la conducta de tribus completamente independientes, en las que se desconocen leyes y jefes; no obstante, los miembros de dichas tribus han desistido de apuñalarse los unos a los otros en cada disputa, porque la costumbre de vivir en sociedad ha acabado por desarrollar ciertos sentimientos de fraternidad y unidad de intereses, y prefieren apelar a una tercera persona para resolver sus diferencias».[2]
Sin embargo, Wilson considera la «ley» inseparable de esta costumbre de vivir en sociedad y la define como «esa fuerza de la costumbre que existe debido a las necesidades intrínsecas de cooperación sistemática entre sus miembros». Por último, la escuela de pensamiento representada por Radcliffe-Brown limita la esfera de la ley a un «control social mediante la aplicación sistemática de la fuerza de la sociedad políticamente organizada». Pero, ¿qué tipo de organización política? Evans-Pritchard y Meyer Fortes distinguen tres tipos de sistemas políticos en las sociedades tradicionales africanas. En primer lugar, los similares al de los bosquimanos, donde los mayores grupos políticos abarcan a gente relacionada entre sí por parentesco para que las relaciones políticas se consigan a través de relaciones afines de parentesco; en segundo lugar, aquéllos con autoridad política especializada, la cual es institucionalizada e investida en roles sujetos a la Administración estatal; y, por último, aquéllos en los que la autoridad política está descentralizada. En ellos, «el sistema político se basa en un equilibrio de poder entre muchos pequeños grupos, que, por su ausencia de clases o de burocracias, han sido denominados anarquías ordenadas». En el simposio «Tribus sin gobernantes», se describen varias sociedades africanas que no tienen leyes en este aspecto (carecen de modelos de legislación oficial, de decisiones jurídicas y de funcionarios de ningún tipo para poner en vigor la ley).[3]
Los tiv, sociedad de 800.000 habitantes, que viven a ambos lados del río Benue al norte de Nigeria, fueron estudiados por Laura Bohannan, Las actitudes políticas de los tiv se dan a conocer en dos expresiones: «reformar el país», y «malograr al país». La Dra. Bohannan explica que «cualquier acto que perturbe el curso normal de la vida social —guerra, robo, brujería, peleas— arruina al país; la paz, la restitución, el arbitraje acertado lo reforma». Nos avisa también de que, si intentamos «anular, por considerarlos políticos, ciertos atributos propios de los ancianos o de los hombres de influencia, falsificamos su verdadera posición social y cultural [...]. Creo en ello de una forma positiva y no negativa: un sistema segmentario de este tipo funciona por la ausencia del concepto indígena de «lo político». Sólo las complejas interrelaciones de intereses y las lealtades debidas a la interconexión de ideologías culturales, de sistemas de agrupamiento social y de organización de instituciones, y la consiguiente coacción moral de una por la otra, consiguen que la sociedad funcione».[4]
Los dinka son una población de 900.000 personas que habitan en las orillas de la cuenca central del Nilo, en el sur del Sudán. (Un corresponsal del «Sunday Times» observó que «su reacción característica contra la autoridad es la susceptibilidad, el orgullo y la desobediencia imprudente.») El ensayo de Godfrey Lienhardt, Tribus sin gobernantes, describe su sociedad como intrincadamente subdividida, y sus muy complicadas interrelaciones como resultado de la fusión y la escisión de segmentos en diferentes combinaciones para distintos propósitos económicos y funcionales.
«Parte de la teoría política de los dinka consiste en que, cuando una subtribu prospera y se desarrolla por alguna razón, tiene tendencia a apartarse políticamente de la tribu a la que pertenecía, y se comporta como una tribu distinta. Las secciones de una gran subtribu pueden, al agrandarse, distanciarse políticamente unas de otras, por lo que una grande y próspera sección de una subtribu puede separarse de las otras secciones [...]. Los segmentos genealógicos, así como los segmentos políticos de los dinka tienden a crecer separados unos de otros con el paso del tiempo y gracias a un aumento de población que ellos suponen llegará.»[5]
Los dinka explican su subdivisión celular con frases como: «Aumentó tanto de tamaño, que se separó» y «Estuvimos juntos mucho tiempo, pero ahora ellos se han separado». Valoran la unidad de sus tribus y de sus grupos subsidiarios, pero, al mismo tiempo, valoran el sentimiento de autonomía de los segmentos que lo integran y que conducen a la fragmentación. El doctor Lienhardt observa que «estos valores de autonomía personal y de sus distintos subsegmentos entran en conflicto de vez en cuando».
De un escenario africano totalmente distinto proviene la descripción de Ernest Gellner sobre el sistema de juicio por juramento colectivo, que funcionaba aún recientemente entre las tribus bereberes de las montañas Atlas:
«Originalmente, el sistema funcionaba sobre bases anarquistas; no había nadie que obligase a cumplir la ley. No se parecía en nada a un Estado, pero, sí existía una sociedad, ya que todos reconocían más o menos el mismo código y demostraban un interés generalizado por la solución pacífica de las disputas [...]. Supongamos que un hombre es acusado por otro de una ofensa: el acusado, para ser absuelto del cargo, puede presentar a un grupo de hombres, cojurados, para hablar, para testificar por orden fijo, de acuerdo con el parentesco masculino que le une al hombre juzgado [...]. La regla consiste en que, si alguno del jurado no se presenta, no atestigua, o comete una equivocación al atestiguar, el juramento se invalida y el caso se pierde. La parte perdedora está obligada a pagar la multa apropiada, que determina la costumbre. En algunas regiones, la regla es aún más rara: estos jurados, que no se presentaron o se equivocaron al atestiguar, son más responsables de la multa que el grupo atestiguador como unidad.»[6]
Gellner considera extraño que este sistema funcione. No solamente por su contraste con los procedimientos legales a los que estamos acostumbrados, sino por las posibles motivaciones de los testigos. Uno se imagina que siempre atestiguan en favor de los miembros de su clan, aun cuando lo consideren culpables. Sin embargo, el sistema funciona, no sólo porque los hombres de la tribu consideran el perjurio como un pecado, sancionable por las fuerzas sobrenaturales, sino porque otras fuerzas sociales están en juego. «Debemos recordar que cada uno de los dos grupos es tan anarquista en su interior, como en sus relaciones externas entre sí: no hay maquinaria para imponer el orden y la ley, ni interna ni externamente, aunque exista una ley reconocida y un deber de respetar la ley y el orden. De hecho, esta diferencia entre la política interna y la externa no se aplica.» El sistema se aplicaba en conflictos de todo tipo, entre dos familias o entre federaciones tribales.
«Porque son anarquistas, al no imponer el cumplimiento de la ley tanto dentro como fuera del grupo, el clan o la familia, emplean un sistema desprovisto de toda violencia para disciplinar a uno de los suyos, que consiste en castigarle mediante el juramento colectivo. Frecuentemente, se presenta un motivo para castigar a un miembro del clan, cuando alguien que ofende a la comunidad habitualmente puede convertirse en un peligro para el grupo. Si reitera sus ofensas, puede llegar a provocar que grupos vecinos formen con él una coalición en contra del juramento colectivo; si es que su propio grupo le apoya en dicho juramento.»
Lo harán la primera vez pero la segunda pueden, a pesar de correr con las consecuencias, decidir darle una lección, aunque sea contraproducente para ellos. Por lo tanto, el juicio por juramento colectivo puede ser «un procedimiento de decisión genuino y matizado, cuyo veredicto está en función de varios factores, entre los cuales la justicia es uno de ellos, pero no el único». Gellner desarrolla mucho más su relato sobre este extraordinario y sutil sistema. La amenaza del juramento colectivo es a veces suficiente para conciliar el asunto de forma privada, y el juramento, en sí mismo, «concede a cualquier clan realmente unido el veto en cualquier decisión, que, de todos modos, en virtud de esta unidad, no podría ser cumplida a la fuerza; sin embargo, concede a los grupos la posibilidad de echar los culpables a los lobos, o de disciplinar al miembro revoltoso sin tener que expulsarle o matarle». El extraño sistema de control social que describe, no provee una serie de veredictos que de ningún modo pueden sentenciarse, pero sí al menos un poco de justicia. Acaba diciendo que un concepto erróneo corriente es el de que la «situación en contextos anarquistas mejoraría si los testigos pudiesen superar la lealtad a un clan o a un grupo, o si, en lugar de decir "mi clan o grupo tiene razón o se equivoca", pensasen y actuasen individualmente [...]». Al contrario, me parece que a menos de que exista una auténtica coerción, sólo los grupos o clanes pueden conseguir que un sistema anarquista funcione.
Mi propósito al describir cómo se solventan ciertos problemas sociales en sociedades sin gobierno no pretende sugerir que deberíamos adoptar los juramentos colectivos como medio para obligar a cumplir las normas sociales, sino para subrayar que el Gobierno (y no la anarquía) es el que crea la esquematización de la organización social, y que la gran complejidad de estas sociedades tribales es la condición sine qua non de su perfecto funcionamiento. Los autores de Tribus sin gobernantes resumen las consecuencias en los siguientes términos:
«En las sociedades en las que no hay dignatarios, ni depositarios de la autoridad política, las relaciones entre grupos locales se consideran como un equilibrio de poder, sustentado por la rivalidad entre ellos. Grupos corporativos pueden formarse jerárquicamente a varios niveles; cada grupo es importante en distintas circunstancias y en conexión con distintas actividades sociales (económicas, rituales y gubernamentales). Las relaciones a un solo nivel son competitivas en una situación, mientras que en otra, los grupos, que antes competían, se unen en una alianza mutua para luchar contra un grupo exterior. Un grupo, a cualquier nivel, tiene relaciones competitivas con otros para asegurarse el mantenimiento de su propia identidad y los derechos que le pertenecen como corporación, y puede tener relaciones administrativas internas que aseguren la coherencia de sus elementos integrantes. Los conjuntos que surgen como unidades, en un contexto, se unen en unidades mayores en otros...»[7]
El «equilibrio de poder» es, de hecho, el método para mantener el equilibrio social en estas sociedades. No el equilibrio de poder tal como se concebía en la diplomacia internacional del siglo xrx, sino el que fuera la resultante de las fuerzas, al igual que en las ciencias físicas. La armonía es el resultado, no de la unidad, sino de la complejidad. Como dijo Kropotkin:
«La armonía se ve, pues, como ajuste temporal, establecido entre todas las fuerzas que actúan sobre un punto dado: como una adaptación provisional. Y este ajuste sólo perdura con una condición : la de que su modificación continúa y la de que cada instante sea la resultante de todas las acciones en conflicto [...].
»Bajo la denominación del anarquismo, surge una nueva interpretación de la vida pasada y de la presente de la sociedad [...] Incluye una variedad infinita de capacidades, temperamentos y energías individuales: no excluye a nadie. Exige incluso lucha y enfrentamiento; porque sabemos que los períodos de enfrentamiento (siempre que se decida libremente que el peso de la autoridad constituida fuerza la balanza) fueron los períodos en los que el genio humano supo volar más alto y logró los objetivos más sublimes [...].
»Busca el desarrollo más completo de la individualidad, combinado con un mayor desarrollo de la asociación voluntaria en todos sus aspectos, en todos sus grados posibles, para todos los objetivos imaginables; asociaciones en perpetuo cambio, en perpetua modificación, que llevan en sí mismos los elementos de su duración y asumen constantemente nuevas formas que responden mejor a las múltiples aspiraciones de todos. Una sociedad a la que repugnan las formas preestablecidas, cristalizadas en leyes; que busca la armonía en un equilibrio fugaz y constantemente variable entre una multitud de todo género de fuerzas e influencias diversas, siguiendo su propio camino...».[8]
La anarquía es una función, no de la simplicidad de una sociedad desprovista de organización social, sino de la complejidad y multiplicidad de organizaciones sociales. La cibernética, la ciencia del control y de los sistemas de comunicación, da luz a la concepción anarquista de los complejos sistemas de organización propia. El neurólogo Grey Walter escribió que, si tenemos que identificar los sistemas biológicos y políticos, nuestros propios cerebros podrían ilustrar la capacidad y las limitaciones de una comunidad anarcosindicalista: «No encontramos jefe alguno en el cerebro, ningún ganglio oligárquico o Hermano Mayor glandular. Dentro de nuestras cabezas, nuestras vidas dependen de la igualdad de oportunidades, de la especialización con versatilidad, de la comunicación libre sin limitaciones, una libertad sin interferencias. También aquí, las minorías locales pueden controlar, y de hecho lo hacen, sus propios medios de producción y expresión en libres y equitativas relaciones con sus vecinos».[9] Sus observaciones ayudaron a John D. McEwan a llevar más allá el modelo cibernético. Subrayando la importancia del principio de variedad indispensable («si se quiere lograr la estabilidad, la variedad del sistema controlador debe ser al menos tan grande como la variedad del sistema a controlar») cita el ejemplo de Stafford Beer sobre la forma en la que las ideas administrativas convencionales, referentes a la organización, no consiguen llenar los requisitos de este principio. Beer se imagina a un visitante de Marte que examinara la actividad en los niveles inferiores de algunas grandes empresas, los cerebros de los trabajadores involucrados y el organigrama organizativo que intenta demostrar cómo se controla la empresa. Él deduciría que las criaturas situadas en lo alto de la jerarquía deben tener cabezas inmensas. McEwan contrasta dos formas de tomar decisiones y controlar:
«En primer lugar, tenemos al modelo común entre los teóricos de la gestión industrial, que equivale al concepto convencional de gobierno en la sociedad en su conjunto. Este es el modelo de una rígida jerarquía piramidal, con líneas de «comunicación y dominio» recorriendo la pirámide de arriba a abajo. Hay una delimitación fija de la responsabilidad; cada elemento tiene un papel específico; los procedimientos que deben seguirse a cualquier nivel están determinados dentro de límites muy estrechos, y sólo pueden ser modificados por decisiones de elementos superiores en la jerarquía. A veces, se considera que el papel del grupo superior de la jerarquía es comparable al "cerebro" del sistema.
»E1 otro modelo procede de la cibernética y consiste en sistemas existentes de autoorganiza-ción. Se trata de un sistema de gran variedad, suficiente como para hacer frente a un ambiente complejo e impredecible. Sus características son: estructura cambiante, que se modifica a sí misma con continuas realimentaciones del ambiente, manifiesta "redundancia de dominio potencial", y comprometidas, complejas y entrelazadas estructuras de control. El aprendizaje y la toma de decisiones están distribuidos por todo el sistema, quizás más en unas áreas que en otras».[10]
La misma crítica cibernética al concepto de organización jerárquica, centralista y gubernamental proviene recientemente (y en un lenguaje más opaco) de Donald Schon en sus conferencias dictadas en Reith en 1970. Escribe que «el modelo centroperiférico ha sido el modelo dominante en nuestra sociedad para el crecimiento y la difusión de organizaciones definidas a altos niveles de es-pecialización. Para este sistema, es esencial la comunicación uniforme y sencilla. La habilidad del sistema para manejar situaciones complejas depende de una simple comunicación y del desarrollo por medio de la reproducción uniforme». Al igual que los anarquistas, él ve como una alternativa las tramas de «elementos que se conectan más por sí solos que por mediación de un centro», caracterizados «por su amplitud, complejidad, estabilidad, homogeneidad y flexibilidad», en los cuales el «núcleo de liderazgo surge y se adapta» a una infraestructura suficientemente poderosa como para que el sistema se aguante unido por sí solo [...] sin ningún facilitador soporte central».[11]
Mary Douglas, la única en comentar las conferencias de Donald Schon, percibió la conexión con las sociedades tribales no gubernamentales:
«En otros tiempos, los antropólogos creyeron que una tribu sin autoridad central no podía tener unidad política. Estábamos totalmente dominados por la teoría centralista y no veíamos lo que teníamos ante nuestros propios ojos. Después, en el año 1940, el profesor Evans-Pritchard describió el sistema poltico de los Neur, y el profesor Fortes el de los Tallensi. Analizaron algo que misteriosamente se parecía al Movimiento de Schon o al sistema de tramas: una estructura política sin centro ni cabeza, unida ilógicamente por la oposición de sus partes. La autoridad estaba difundida por toda la población. En cada caso, se presentaba la política en un idioma muy general, el idioma del parentesco, que se aproximaba imprecisamente a los hechos políticos. En contextos diferentes, las diferentes versiones de sus principios de gobierno sólo tenían un ligero parecido. El sistema era invencible y flexible.»[12]
Por lo tanto, las teorías antropológicas y cibernéticas apoyan ambas el argumento de Kropotkin de que, en una sociedad sin gobierno, se obtiene la armonía como resultado de «un ajuste y reajuste perpetuo y variable del equilibrio de la multitud de fuerzas e influencias», expresadas en «una trama entretejida, compuesta de una infinidad de grupos y de federaciones de todos los tamaños y grados, locales, regionales, nacionales e internacionales, temporales o más o menos permanentes, para todos los objetivos posibles: producción, consumo e intercambio, comunicaciones, servicios sanitarios, educación, protección mutua, defensa del territorio, etc.; y, por otra parte, para la satisfacción de un número creciente de necesidades científicas, artísticas, literarias y de relación social».[13]
No obstante, cuan tosco parece, por comparación, el modelo gubernamental, tanto en la administración social como en la industria, la educación o la planificación económica. No sorprende que sea insensible a las necesidades actuales. Tampoco sorprende que, mientras intenta resolver sus problemas por medio de la fusión, la amalgama, la racionalización y la coordinación, éstas vayan cada vez peor debido a los atascos de las líneas de comunicación. La alternativa anarquista radica en la fragmentación, la fisión más que la fusión, la diversidad más que la unidad, una masa de sociedades más que una sociedad de masas.
Colin Ward
Capítulo cuarto del libro Anarchy in action (1973).
Traducción de Inés López




[1] Raymond Firth, Human Types, Londres, 1970.
[2] Piotr Kropotkin, «Law and Anthority», en Panfletos revolucionarios, 2 vols., col. Acracia, Tusquets Editores, Barcelona, 1977.
[3] John Mildleton y David Tait (eds.), Tribes with-out Rulers: Studies in African Segmentary Systems, Londres, 1958.
[4] Ibid.
[5] Ibid. 

[6] Ernest Gellner, «How to Uve in Anarchy», The Listener, 3 de abril de 1958.

[7] Middleton y Tait, Op. cit.

[8] Piotr Kropotkin, «Anarquismo: su filosofía e ideal», en Baldwin, op. cit.

[9] W. Grey Walter, «The Development and Significance of Cybernetics», Anarchy, n. 25, marzo de 1963.

[10] John D. McEwan, «Anarchism and the Cybernetics of Self-organising Systems», Anarchy, n. 31, septiembre de 1963.

[11] Donald Schon, Beyond the Stable State, Londres, 1971.

[12] Mary Douglas, en «The Listener», 1971.

[13] Piotr Kropotkin, artículo publicado en Anarchism, escrito en 1905 para Encyclopaedia Britannica, en Baldwin, op. cit.


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