miércoles, 5 de septiembre de 2012

LA CULTURA TAMBIÉN ES UN TERRITORIO EN DISPUTA ENTRE DOS MUNDOS



Nos queremos apropiar de la práctica artística cotidiana...



Gracias a los apreciados amigos y amigas que tienen la paciencia de venir a oír mis palabras. Muchas gracias.

Gracias a los organizadores por esta honrosa invitación, especialmente a mis queridos estudiantes de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay, del gremio de la Facultad de Psicología y de su Comisión de Cultura que ha estado vinculada al Departamento de Cultura del Pit-Cnt.

Distinguidos amigos de este Panel: Como digo en el título de esta ponencia, creo que la cultura en el mundo, en América Latina y en nuestro país, es un territorio en disputa entre dos mundos. Básicamente hay dos grandes políticas culturales beligerantes: la que viene de los centros de dominación y sus usinas culturales, para construir seres humanos sumisos, controlables, consumidores, baratos, esencialmente materialistas, crédulos e ignorantes, amantes de la frivolidad y la estupidez, globalizados bajo el dominio cultural hegemónico de esos grandes centros del poder mundial, contra otro que resiste desde abajo, libre y liberador hasta donde se puede en estos tiempos, democrático, participativo, creador, nacido de los pueblos que buscan un mundo nuevo y mejor para todos, en procura de la pública felicidad.

Nosotros, los trabajadores, estamos en una etapa de resistencia cultural contra aquel primer mundo de espíritu pobre; pero al mismo tiempo nos hemos planteado una lucha de construcción y de propuestas.

Resistir los embates culturales de los centros mundiales de dominación, supone crear, al mismo tiempo, propuestas alternativas, salidas propositivas que no sólo nos permitan decir que estamos contra esto o aquello, sino que estamos a favor de esto otro, con un Programa claro, independiente y al servicio de las grandes mayorías nacionales.

¿Contra qué resistimos?

Contra la cultura del individualismo, del egoísmo, de la competitividad, de la idea de que el mundo está formado sólo por individualidades que compiten entre sí.

Resistimos la cultura del consumismo que nos lleva indefectiblemente a consumirnos en flacuras de espíritu o en obesidades de chatarras.

Resistimos la cultura del desarrollo sujeto al libre mercado, que al final del camino sólo desarrolla a los poderosos que controlan ese mercado más prisionero que ninguna otra cosa en la sociedad.

Resistimos la cultura que nos quiere ubicar fuera del mundo, del planeta, al punto de no movernos ni un pelo por la contaminación, por el calentamiento global, por los deshielos, por la destrucción de la selva convirtiéndola en praderas para las vacas que luego serán hamburguesas.

Resistimos la idea de que el arte es sólo atributo de unos pocos que han sido tocados por varitas divinas y no patrimonio de la humanidad y territorio de la creación humana, de todos los seres humanos. 

Así pasa que el precio de las artes plásticas lo fijan las grandes galerías o los inútiles críticos de arte. Así pasa que la fama se mide desde las ventas y se construye desde todo el andamiaje publicitario que vuelve buena una porquería y una deidad a la mejor diosa de la silicona.

Resistimos la cultura de la moda, la cultura de la alimentación globalizada, la cultura del gendarme del mundo, con rostro de afrodescendiente bueno, que dice llevar la paz y la democracia y la libertad invadiendo las naciones, prometiendo mucho y haciendo poco, manteniendo Guantánamo y otros centros de reclusión en el mundo, alentando la industria armamentista y la industria químico-farmacéutica destructiva como pilares del poder de dominación. Y lo peor, compañeros y compañeras, es que una parte de la humanidad aplaude.

Es que el peor sometimiento cultural es cuando el sometido, el explotado, el preso, admira y se quiere parecer a quien lo somete, a quien lo explota y a su carcelero.

Para nosotros, los trabajadores de Uruguay, según versa en el documento surgido del 1er Encuentro Nacional de Cultura de los Trabajadores, el 11 de septiembre de 2010, «la cultura son las estrategias que se dan los pueblos para transitar la vida».

Esto quiere decir:
1. Cómo resolvemos nuestra relación con la naturaleza, con el ambiente que nos rodea. Si lo construimos o lo destruimos, si nos consideramos ajenos a él o parte del mismo.
2. Cuál es nuestra relación con la sociedad, con el prójimo. Si es para construir con él o para dominarlo, si es para amarlo o destruirlo. El día que cada uno de nosotros sienta que nuestra patria es el mundo y nuestro pueblo es la humanidad, habremos dado, entonces, uno de los mayores pasos hacia la convivencia en la historia de los seres humanos.
3. Cómo es nuestra relación con la espiritualidad, con las artes, con su capacidad de manifestarnos a través de ellas.
4. Cómo transitamos la vida en relación a los planes de educación y qué entendemos por educación.
5. Cómo concebimos el mundo en el que vivimos: si es nuestra casa que amamos o nuestro padecimiento que aborrecemos.

La cultura, compañeros y compañeras, sirve para liberarnos o para dominarnos y hoy este tipo de eventos son fundamentales para hacerle frente a un embate cultural terrible que tiene el nombre de globalización.

El término globalización vino a sustituir términos como dominación, explotación, enajenación. Estos son aspectos a replantearnos en una propuesta de construcción de nuestra propia cultura, nuestra propia identidad, nuestra propia razón de ser. Queremos ser como nosotros, no como los otros quieren que seamos.

Nos queremos apropiar de la práctica artística cotidiana.

Es que las artes son una parte de la cultura que las abarca y las contiene.

Las artes son parte del espíritu de cada persona, de la esencia misma del ser humano.

En cada uno de nosotros hay un literato, una artista plástica, una bailarina, un músico, un actor y una actriz, una escultora, un cineasta. Pero también hay un marroquinero, una talladora, una orfebre, una joyera, un cocinero, un sastre, un modisto, es decir, un creador, un transformador, alguien capaz de ocupar un espacio vacío con su obra y trascenderse a sí mismo y proyectarse en el otro. 

Nosotros estamos trabajando para una nueva sociedad que ha comenzado a cambiar desde adentro de nosotros mismos, sustituyendo valores en nuestras propias conductas de culturas heredadas del primer mundo viejo y enfermo.

No queremos ser más el vértice más alto de la pirámide animal porque nunca lo fuimos. El reino animal ni siquiera es un reino porque ni rey tiene. Queremos ser parte del inmenso territorio de la vida donde cada ser animal o vegetal cumple su rol fundamental y se merece nuestra más genuina veneración y nuestro más sentido respeto y admiración, porque quizá, por ejemplo, sin las hormigas en el planeta nosotros no podríamos vivir, aunque ellas sí, seguramente, sin nosotros.

No queremos ser más competitivos. Queremos sí ser competentes en lo que hagamos, eso es otra cosa, pero al mismo tiempo queremos ser profundamente cooperativos. Si tú vales diez y yo apenas uno, nos vamos a necesitar los dos para valer once. Si tú eres una espléndida joven de color azul y yo ya un deslucido amarillo, propio de la veteranía, nos vamos a precisar ambos para formar un esperanzador color verde.

Que nadie piense ni sienta que vale más que otro. Devolvámonos sí la más legitima autoestima. Digamos bien alto, por ejemplo, que si yo cobrara lo que valgo, no habría dinero en el mundo para pagarme. Por eso, porque mi valor no tiene precio, es que estamos aquí, movidos por el poderoso valor de la voluntad y de las ganas de compartir juntos este 14 de agosto que nos da el mejor brillo al que puede aspirar ser humano alguno: dar la vida por la vida como lo hizo, hace 44 años, aquel joven de 28 años que hoy es parte de nuestra identidad nacional, Líber Arce.

No queremos hablar más de artes cultas y artes populares, de artistas y artesanos, de vernissage y presentaciones. Queremos reconocer la creación de todos y de cada uno. Si tú escribes un texto y te llega y te conmueve a ti, tú ya eres un gran público y esa obra es buena para ti. Si conmueve a tu familia y a tus amigos será buena para ellos. Si conmueve a cientos de miles, bueno, quizá puedas vivir de los derechos de autor.

Queremos que cada escuela, que cada taller, que cada facultad, que cada sindicato sea un lugar de aprendizajes lejos de los dogmas y los fundamentalismos; cerca de la libertad y de la investigación y de la duda y de la creatividad.

En cada lugar de concentración de seres humanos tiene que haber espacios y tiempo para las artes, para el deporte, para el aprendizaje de la vida cotidiana, de la alimentación, de la salud, de los oficios, de la construcción de una familia. Queremos aprender a ser padres y a ser madres y a construir familia como parte esencial de la convivencia ciudadana. Eso es también uno de los pilares fundamentales de la cultura revolucionaria, de trascender las brechas generacionales, donde se respete a cada ser, se venere a la gente mayor y se proteja infinitamente a la niñez y a la juventud que al fin de cuentas es lo mejor que tenemos.

Claro que nadie pude enseñar lo que uno mismo no es, por eso cualquier propuesta de políticas culturales transformadoras debe reposar en el esfuerzo de transformación de los que la proponemos.

Lo mismo sucede con el Estado. No se puede construir una sociedad nueva sobre la base de un Estado viejo.

Pensamos que es imprescindible trascender la actual democracia representativa por una democracia participativa, con la presencia protagónica y decisiva del pueblo organizado. Esa debe ser nuestra nueva cultura ciudadana, democrática y republicana.

La primera política cultural del Estado debe ser habilitar el tiempo, los espacios y los recursos para todas y cada una de las manifestaciones culturales de su pueblo, porque se supone que es el pueblo el que está en los órganos de poder del Estado y no las castas burocráticas que como tales comienzan a tener intereses en sí mismas y en los sillones que ocupan.

Nos han vendido la consigna cultural de que ésta es la mayor democracia republicana y representativa a la que se puede aspirar en este mundo. Nosotros no estamos de acuerdo. Creemos que es imprescindible transformar las herramientas del poder para que los directamente implicados tengamos el poder de poder realizar las transformaciones que se aproximen a la pública felicidad de las grandes mayorías. (Disculpen la retahíla cacofónica de poder para poder.)

Una de esas transformaciones son los instrumentos de la creación artística que se deben democratizar desde los centros mismos de estudio y producción creativa.

El nuevo Estado está llamado a invertir mucho más en el desarrollo y la promoción cultural, en espacios culturales autogestionados por la misma comunidad, donde haya igualdad de oportunidades para todas las personas, principalmente para los niños y los jóvenes. Estoy hablando de espacios culturales colectivos, donde se pueda desarrollar la individualidad, los talentos, la posibilidad de probar todas las facetas de la creación, con seres humanos analíticos y reflexivos, sensibles y creativos, cooperativos y solidarios, críticos y autocríticos.

No alcanza con llenar agendas donde las minorías selectas de artistas muestren sus trabajos a las mayorías silenciosas de públicos, como si los primeros fueran seres excepcionales, dotados de talento por alguna varita divina y los segundos fueran entes pasivos, meramente consumidores a través de sus sentidos y sus bolsillos. No.

Las políticas culturales deben posibilitar el cultivo de las artes desde los barrios y las poblaciones más distantes, haciendo gala del mismo origen de la palabra cultura: el cultivo del espíritu, del intelecto, del afecto y la sensibilidad, es decir la «cultura animi» o la formación y transformación del alma, del espíritu y de los sentidos que debemos educar, convirtiéndonos en protagonistas de nuestra propia educación y de nuestra propia cultura.

Sueño con tener en cada escuela, en cada liceo, en cada facultad grupos de teatro, selecciones deportivas en todas las disciplinas con sus gimnasios, música, coros, danza, murgas, cuerdas de tambores, cuerpos de tango, de danzas folclóricas, talleres de todo tipo, pero además, también sueño con mejorar nuestra cultura gastronómica, nuestra cultura urbana, nuestra cultura para la salud, para la solidaridad, para el respeto a la diversidad, al espíritu colectivo, al espíritu de servicio, donde cada habitante de nuestro país sea un multiplicador de esa auténtica identidad cultural, gestada por nosotros mismos siempre en procura de la vida en paz.

Ese trabajo colectivo es la socialización de la creación y el consumo cultural, donde cada uno de nosotros, a su manera, es ambas cosas.

Ahí está el desafío. La beligerancia está, como diría Rosa Luxemburgo, entre el socialismo o la barbarie.

Como ya dije, no alcanza con que los gobiernos progresistas llenen las agendas con mil actividades. Sirve, pero no alcanza. Necesitamos crear mil Casas de la Cultura pobladas de talleres, de salas de exposición, de teatros, con todas las posibilidades materiales que permitan la realización de todas las artes. Allí los jóvenes estudiantes de hoy podrán ser los talleristas de mañana, maestros en lo que hagan. Alumnos y profesores al mismo tiempo. Educadores y educandos del quehacer cultural cotidiano al mismo tiempo.

Necesitamos unir íntimamente, como ya dije, el desarrollo de todas las artes a los centros de enseñanza, dotándolos también de salas, de talleres para trabajar las expresiones artísticas.

Necesitamos sacar las artes a la calle, a las esquinas, a los muros, erguidas en escenarios de la gente, con la gente, para la gente.

Necesitamos mirarnos a los ojos y debatir, filosofar, crear nuestras propias políticas, educándonos en ser capaces de definir hacia dónde queremos ir con todo esto, qué caminos transitar para logarlo y echarnos a andar con nuestros propios recursos materiales y financieros. Eso es alentar la cultura participativa, la cultura de la responsabilidad social, la cultura de protagonizar nuestra propia vida.

Necesitamos crear nuestros propios medios masivos de comunicación con la tecnología al servicio de nuestra creación, con la búsqueda de la excelencia que la da el mayor esfuerzo, con la defensa de nuestra libertad de expresión y no la libertad de los minúsculos grupos que detentan esos medios al servicio de la estupidez, la vulgaridad, el atraso intelectual y la dominación al servicio de sus interese mezquinos.

La mejor televisión, la mejor radio, los mejores diarios y revistas, las mejores editoriales, las más lindas redes al servicio de los creadores que buscan construir ese mundo como un gran parque de sol para todos y no como una gran plaza encerrada, de comida chatarra, donde te fagocitan la vida, engullendo lo mejor de ti.

Ya saltará alguien diciendo que estamos contra la libertad de prensa. Pues declaro a viva voz que estoy en contra de la libertad de ellos, los que definen lo que debemos ver y oír. Reclamo enfáticamente el derecho a mí libertad; la libertad de decidir entre todos qué queremos ver, qué queremos oír, qué programas queremos producir. Me niego a ver sólo lo que los dueños de los medios masivos de comunicación me muestran. Me niego a oír sólo lo que ellos quieren que oiga.

Esto es avanzar en la autonomía social de la cultura y la independencia económica para logarlo. Esto es avanzar en la democratización de los medios de comunicación y de la cultura de nuestro país.

En Uruguay estamos avanzando. El Ministerio de Educación y Cultura está invirtiendo como nunca antes. Están los Fondos Concursables para la Cultura, los Fondos de Incentivo Cultural, Fondos para infraestructura en todo el país profundo (el mal llamado «interior»). Las usinas culturales, los premios a la labor literaria o teatral o cinematográfica son buenos caminos.

Necesitamos nutrir de todo esto a la educación formal en las escuelas, los colegios, los liceos, las facultades, las llamadas universidades del trabajo o escuelas técnicas. En esos sitios la enseñanza del conocimiento y la investigación deben ocupar un lugar fundamental, pero la cultura, en todos sus terrenos, también.

Es imprescindible y urgente. Es que ella nos ayudará a entender de una vez por todas que la educación no es el conocimiento. Que la educación está íntimamente prendida de los valores, de la ideología, de la cultura. ¿De qué me sirve que un chico sepa los verbos irregulares o las capitales del mundo, si es incapaz de sensibilizarse, de solidarizarse, de querer y que lo quieran?

Estos son los desafíos. Cada uno de nosotros debe convertirse en un Quijote lúcido, dispuesto a dar esta batalla por el mundo creativo, lúdico, unido en la más irrestricta diversidad, donde la sabiduría sea directamente proporcional a la humildad. Es que la práctica artística, en cualquiera de las disciplinas, está precisamente para darnos lucidez. No sólo para entretener o deleitar, sino para saber mirar y ver, para escuchar y aprender a oír, para pensar y saber decir.

No queremos políticas culturales que encierren la cultura en las reglas del mercado. Dijera una vez Picasso: «La gente no quiere mis cuadros, quiere mi firma».

Queremos políticas culturales sin el infame condicionamiento de las modas ni del condicionamiento de lo que se venda mejor.

Pero sí queremos que el artista pueda vivir de lo que hace para que pueda vivir para lo que hace con la entrega total de la pasión.

Yo creo, definitivamente como Martí que «la madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus males es, sobre todo lo demás, la propagación de la cultura».

Remito ese pensamiento hoy a las calamidades sociales, a las miserias humanas, al deterioro intelectual, ético y espiritual. A esos males, como los llama Martí, yo les opongo la propagación de la cultura a lomo de artistas desatados.

Para eso, amables escuchas que me han aguantado todo este rato, he venido aquí a hacer un compromiso público ante ustedes: en esta beligerancia, donde vamos a confrontar con inmensos poderes de canallas útiles que trabajan para instaurar el reino de la imbecilidad, me van a encontrar siempre junto a ustedes, trabajando modestamente para construir el mundo de la libertad creadora que no será la recuperación del mundo que perdimos, sino la construcción del mundo nuevo que no viene, que hay que ir a buscarlo con la decisión persistente e implacable del mar y la ternura infinita de los niños.

Permítanme concluir estas humildes palabras con un poema que escribí hace un tiempo en solidaridad con los indignados del mundo. Se llama «Los hartados» y dice así:

Los hartados
(dedicado a los indignados del mundo)

Estamos hartos de los que hablan
a nombre de nuestras bocas cerradas,
que ven por nuestros ojos nublados,
que piensan por nuestras mentes cansadas,
que hacen porque ya nada hacemos.
Queremos hablar con nuestras propias voces,
mirar con nuestros mismos ojos,
pensar con nuestra libertad entera
y hacer nosotros el mundo,
como siempre lo hemos hecho,
pero para nosotros
que somos la inmensa humanidad.

Estamos hartos de construir palacios
y vivir en rancheríos,
de preparar la comida del mundo
y morirnos de hambre,
de dar seguridad y vivir inseguros,
de educar a los hijos de otros,
de limpiar la basura de los que desperdician,
de morir en las guerras de los que las deciden,
de mirar sólo lo que ellos muestran
y enterarnos sólo de lo que ellos dicen
y de necesitar lo innecesario
y de que globalicen la miseria y la estupidez.

Estamos hartos de que rompan mi casa:
este hermoso planeta a la deriva,
hartos de envejecer tan jóvenes
y de que nos mutilen la esperanza
y de que toda dicha sea consumo
y consumamos hasta consumirnos
nuestros propios sueños reventados.
Estamos hartos hasta de estar hartos
y de esperar sentados que alguien grite
o aguardar al mesías que nos salve.
Esto ya no da más y me levanto
para escribir de pie este poema.

Muchas gracias.

Ignacio Martínez
Presidente del Departamento de Cultura del Pit-Cnt
14 de agosto de 2012

(Intervención en la actividad titulada «La cultura como resistencia», organizada por la Comisión de Cultura de los estudiantes de Psicología de Uruguay.)


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