martes, 30 de julio de 2013

LA VENGANZA DEL ANARQUISTA: O DICHO DE OTRO MODO, LA VENGANZA DEL ANARQUISMO CONTRA LOS ANARQUISTAS.



El anarquismo está por todas partes. Los únicos que no se dan cuenta son los anarquistas (bueno, excepto algunos).

Son muchas las razones por las que la era de la acción global puede ser considerada la venganza del anarquista, pero sin duda los indicios más claros parecen flotar en el aire.

Los principios organizativos de las asambleas generales del movimiento Occupy son resultado directo del anarquismo (en especial de las tendencias desarrolladas en España) y su interés por aquellos métodos de organización que dejan de lado lo jerárquico y favorecen el consenso. Este subyacente ethos de rechazo a las jerarquías, la puesta en valor del consenso y la inherente paranoia ante el poder y todos sus frentes (tanto el gubernamental como el corporativo) son pistas claras de la influencia anarquista. Hoy en día nos rodean tantos métodos propios del anarquismo que resulta difícil reconocerlos como tales, ya que en el transcurso de los últimos quince años han comenzado a permear las condiciones de vida urbanas.

Friedrich Nietzsche afirmaba que es el hacer lo que define al hacedor, y ningún otro argumento tiene más valor que este en las estrategias desplegadas por los anarquistas lifestyle.


Mientras el marxismo derivaba hacia los claustros de la academia, y los movimientos sindicales hacia la corrupción nacionalista y xenófoba del tú a lo tuyo, los anarquistas lyfestyle desarrollaban nuevos modos de estar en el mundo. Puntos de reparto de alimentos como Food not Bombs, jardines comunitarios, concentraciones masivas de bici crítica, las okupaciones, los centros sociales, el Hazlo Tú Mismo, los espectáculos punk, las emisoras de radio pirata, los hackers, formas artesanales de comercio o el mutualismo, se desplazaron hacia el núcleo de la forma de vida urbana contemporánea, de forma lenta pero segura. Y al hacerlo, aquellas formas de estar en el mundo que intentan que el poder gravite de vuelta a lo local constituyen ahora los principios más obvios de este movimiento.

Durante los últimos veinte años, el hacer del anarquismo lyfestyle se ha visto desplazado desde las manos de los punks okupas hasta acabar introduciéndose en esa figura tan peculiar que conocemos como el hipster urbano. Sin pretender ser peyorativo (ya que el término hipster tiende a provocar sofocos de repulsión y pavor), sin duda se podría trazar una línea paralela entre ambas tendencias en la construcción de la condición urbana. La urgencia por salirse de la red y devolver a lo local el intercambio y la experiencia personal, fuera del alcance de los grandes monopolios corporativos, se ha convertido en sinónimo de ciertas cualidades de la vida urbana. Es difícil imaginar el imaginario contemporáneo alrededor de la gentrificación sin considerar a los que hacen prendas de punto, las bicis y los jardines comunitarios; todo muy artesanal y por todas partes. Esta línea de pensamiento podría abrir otra conversación sobre los beneficios y problemáticas de este legado, pero la intención de este ensayo no pasa por entrar en ese análisis con demasiada profundidad. La intención es demostrar la radicalidad con que muchos de los atributos vivenciales del anarquismo se han escabullido de entre los dedos de los anarquistas hace más de una década, para convertirse ahora en el ethos que define a toda una generación urbana. No es solo que las formas del anarquismo lyfestyle hayan cobrado impulso, sino que también lo ha hecho el ethos de autonomía que las atraviesa.

No me sorprende que muchos participantes en el movimiento Occupy no visualicen sus propias motivaciones como anarquistas. Sin duda no leen los libros adecuados, ni citan a Proudhon y Emma Goldman, ni visten de negro, ni escuchan punk, ni okupan nada. Y aún así, poseen una profunda creencia en el salirse de la red, cuestionar la autoridad, en el consenso, el mutualismo y la paranoia política. Sí, el poder está en manos de las corporaciones, pero también en las del ejército, las instituciones, y así sucesivamente. Al mismo tiempo, a muchos de los que afirman ser anarquistas les cuesta identificarse con las multitudes de un movimiento que, compartiendo sus valores, no se autodefine como anarquista ni posee el mismo tipo de afinidad ideológica e identitaria con el término. Algunos anarquistas, asumámoslo, acudieron al anarquismo con el propósito de oponerse a todos. Tal vez sea un movimiento inherentemente anti-populista incrustado en una lucha populista. Yo siento afinidad por esta paradójica forma de trabajar. También puede resultar frustrante para muchos anarquistas políticos ver a tantos activistas hipster emitiendo críticas tan débilmente articuladas respecto el poder, capitalismo, género, raza, proceso, etc. Pero vamos, que este movimiento podría ser una base sobre la que construir. El punto cómico de todo esto es que el movimiento en conjunto es de una naturaleza eminentemente anarquista y muy poca gente lo sabe.

Los hipsters son los extraños hijos de los anarquistas. Este es un movimiento anarquista; lo es en su espíritu, en sus principios, en su organización. Para disgusto de los activistas de izquierdas y sus planteamientos teóricamente más estratégicos, este movimiento privilegia el proceso y el consenso. Pero también es un movimiento anarquista por más que pese a muchos que se autodefinen como anarquistas. Tomar consciencia de los nuevos valores que han sido inculcados por los últimos veinte años de formas de vida cada vez más autónomas, animadas por la reestructuración de la vida urbana y el capital, es una tarea que corresponde no solo a OWS sino a futuros movimientos.

Nato Thompsom
Abril de 2012

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