«El corazón que desprecia cualquier
movimiento
raramente es agitado por
sobresaltos.
Así suena a veces en el silencio
de los campos un disparo de fusil.»
E. Móntale
Hay temas que se
escapan a la reflexión nada más planteados, temas refractarios al argumento o
al análisis, buenos únicamente para el dictamen valorativo de conminatoria
aprobación o rechazo; cuando finalmente la razón se arriesga a penetrar en
ellos, lo hace abrumada de cautelas, atenta exclusivamente al distingo y la
casuística, incapaz de ir realmente al fondo mismo del asunto o de tratar de iluminar
ni siquiera negativamente lo que allí se oculta tras la niebla de espantos ancestrales.
Este es el caso del tema de la violencia y el terrorismo como armas políticas
o, mejor dicho, como armas revolucionarias. Esta precisión es importante, pues
ya sabemos que, invirtiendo en buena dialéctica la frase de Clausewitz, la política
es la continuación de la guerra por otros medios; es decir, que la política lleva
la violencia y el terror inscritos en su proyecto mismo, aunque la discusión sobre
cuáles pueden ser esos «otros medios» adecuados hace nacer en ella diversas
escuelas, es decir, diversos partidos. En cambio, el proyecto revolucionario consiste
precisamente en acabar con la guerra entre los hombres; es decir, en suprimir
la necesidad de la violencia y el terror como fundamentos de la sociedad: por
eso la revolución no es el desenlace de ninguna política, sino la refutación de
todas las distintas modalidades o partidos de ésta. Para el político, pues, la
violencia y el terror no plantean ningún problema teórico en sí, ya que acepta
su necesidad como base del Estado que trata de conquistar, y sólo pueden ser
materias a discutir a nivel táctico: cómo utilizarlas oculta o paladinamente, cómo
tamizarlas, restringirlas o acentuarlas llegado el caso, etc. La posición del
revolucionario es mucho más compleja porque, por un lado, su misma decisión
revolucionaria ha sentenciado contra la necesidad y, por supuesto, contra la
oportunidad de la violencia y el terror —es decir, se ha pronunciado contra el
Estado— pero, por otro, sigue conservando cierta violencia y cierto terror como
posible y conflictivo camino hacia la abolición de la violencia y el terror. Esta
contradicción lleva al revolucionario a vivir y padecer radicalmente todas las
dificultades especulativas que el tema comporta, en un desgarramiento que
compromete por igual su teoría y su práctica o, mejor, ante todo, la
artificiosa distinción entre ambas. Al decidirme a colaborar en esta colección
de estudios sobre Bakunin y Marx, me ha parecido adecuado intentar contribuir,
no a resolver, lo que está con mucho fuera de mi alcance, sino a plantear más
atinadamente este nuclear foco infeccioso que compromete por igual a ambos
revolucionarios. Además, puesto que las simpatías del yo más cercano a mí yo
son mayormente libertarias y dado que terrorismo y violencia están íntimamente
ligadas a lo más denostado del movimiento ácrata, he pensado que reflexionar
sobre este tema puede ser la más válida contribución que un amigo de la teoría
puede prestar al advenimiento de la anarquía, es decir, de la comunidad y de la
vida.
Lo que no parece
en modo alguno adecuado es trastear el tema, echándolo por el lado del
comentario histórico. Comenzar ahora a preguntarse qué pensaban realmente sobre
la cuestión Bakunin o Nechaev, por ejemplo, no serviría más que para esquivar
de mala manera el problema. En seguida nos desviaríamos por las peculiaridades
sociopolíticas de las épocas en las que cada personaje vivió y acabaríamos
encharcados de pleno en ese relativismo jesuítico que señalé al comienzo como
uno de los más próximos peligros que conlleva la meditación sobre estos
escabrosos asuntos. Lo mejor es, pues, ir directamente a la cosa y tratar el
problema tal y como nos afecta en este preciso momento y en nuestra concreta
situación. De lo que los héroes del pasado o los luchadores del futuro dijeran
sobre ello, sean el pasado y el futuro responsables y no nosotros.




